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De lo pintado a lo vivo > Leopoldo Fernández

   

A una semana de las elecciones generales ya se han efectuado balances someros -los profundos vendrán más adelante, en los congresos partidarios o en reuniones de los órganos de dirección de las formaciones políticas- que coinciden esencialmente en el deseo de cambio de la sociedad española y en el castigo al PSOE por sus modos de gobernar y afrontar los problemas del país, en especial el tratamiento y la gestión de la crisis económica. En Canarias los socialistas han sufrido un severo varapalo, mayor que el de los nacionalistas, éstos sobre todo en su cuna tinerfeña, lo que resulta sorprendente -sólo se entiende por la preponderancia de la clave bipartidista y cuando lo general de impone a lo particular- dada la escasa implantación municipal del PP y su amplísima victoria.

Mientras Nueva Canarias ha cumplido en la provincia de Las Palmas, para el PSC y CC los resultados no acaban de cerrar las heridas internas, que tienen mucho que ver con los liderazgos y con unas formas de entender la política que no casan con la opinión de los ciudadanos. Como tantas otras veces, nadie asume ninguna responsabilidad, las dimisiones brillan por su ausencia y algunos dirigentes exteriorizan su malestar lanzando puyas y malas palabras hacia sus propios compañeros, en lugar de hacer una mínima autocrítica. No se ha equivocado el pueblo, las culpas hay que buscarlas, en el caso de los socialistas, más en Madrid que en Canarias, pero aquí también, cómo no, porque el partido viene arrastrando una clamorosa falta de dirección -si se prefiere, una dirigencia sin carisma- y unas indisimuladas divisiones internas.

En lo que respecta a CC, la pomposidad y autocomplacencia de algunos de sus discursos sospecho que hastía a los ciudadanos. No es sólo que no hayan sabido explicarse bien en cada momento, sino que sus dirigentes a veces dan la impresión de que no conocen a sus seguidores, por ejemplo, al pactar el Gobierno con el PSC -también sucede a la inversa, que buena parte de las bases socialistas no están de acuerdo sobre los pactos con los nacionalistas- o al entregarse en brazos de Zapatero cuando éste se había convertido en un auténtico lastre hasta para su propio partido. Los fallos de estrategia, el discurso repetitivo y fatuo, las tensiones entre dirigentes, el exceso de protagonismo y la quemadera de algunos de sus líderes son motivos añadidos que pueden explicar sus malos resultados electorales.

Otra circunstancia que explicaría ese retroceso electoral en una comunidad que no vota en clave nacionalista -los dos grandes partidos nacionales suman habitualmente el doble de votos que CC- es la escasa renovación de sus dirigentes y el exceso de tiempo de permanencia en el poder. ATI y las demás formaciones insulares nacieron desde y como partidos de poder, lo mismo que Coalición Canaria cuando dio el golpe de mano contra Saavedra y se hizo con el Gobierno en 1993. Tras la desaparición de UCD, las formaciones insulares ocuparon en esta provincia prácticamente la totalidad de las instituciones, lo que se proyectó luego hacia Las Palmas con distinta suerte, porque la isla de Gran Canaria sigue siendo un reto que parece imposible de conquistar por CC si no es yendo de la mano de Román Rodríguez y su pequeño pero influyente partido.

No obstante, CC sigue siendo una formación política relevante y si alguien piensa que está condenada al fracaso, se equivoca. Las actuales circunstancias económicas han alterado algunos comportamientos ciudadanos y favorecido el bipartidismo, pero en cuanto amaine la crisis el nacionalismo constitucionalista canario recuperará la confianza del electorado que coyunturalmente ha cambiado de bando. Para ello necesita unir a los pequeños grupos o corrientes de posiciones moderadas, alejados de delirios panafricanistas y radicales, y pactar con Nueva Canarias alguna fórmula de entendimiento -al estilo CIu, por ejemplo- que, si da frutos, pueda llevar a la fusión. En otro caso, el nacionalismo seguirá a la baja y acabará por perder buena parte del poder de que hoy disfruta en las instituciones. Estos días se han escuchado algunas voces, en primer lugar de la diputada Ana Oramas, que, lejos de realizar una reflexión serena y pausada, sin la presión de la inmediatez, demanda abiertamente la “refundación” del partido. No sé si ese deseo lo emplea más en el sentido de “volver a fundar” que en el de “revisar” la marcha del nacionalismo para hacerlo volver a sus principios originales o para adaptar éstos a los nuevos tiempos. Una acomodación a la nueva realidad de la globalización, asegurando las ideas esenciales que dieron origen a CC, conjugando la imprescindible unidad regional y esa realidad inapelable que es la isla, puede dar nuevos frutos al nacionalismo templado. Pero más importante que esa aspiración es adónde quiere ir CC, cuáles son su discurso, sus principios irrenunciables y cómo y con quién pretende alcanzar sus objetivos políticos.

Así las cosas, me parece más que preocupante la ceguera política del Gobierno de Canarias que comparten CC y PSOE y que a lo mejor también explicaría el varapalo electoral recibido por ambas formaciones.

Con un terrible panorama social y económico que debe ser atendido en medio de la obligada reducción del déficit público y el fomento de mejores condiciones para la creación de empleo, el presidente del Gobierno, Paulino Rivero, ha llamado a toda la sociedad a la “reflexión”, y ha dicho que “se aproximan tiempos de máxima dificultad” y que la situación actual demanda “mucho compromiso, mucha solidaridad y mucha responsabilidad”. Si la coyuntura es tan dramática, ¿a qué espera Rivero para tomar medidas? No es válido el argumento de que lleva “haciendo ajustes desde 2008” porque se trata de recortes irrelevantes, nada radicales. No conviene confundirse: una cosa es lo que el Gobierno cree que debe hacer y otra lo que el pueblo espera que haga. Y el pueblo lo que desea, según todas las encuestas, es visualizar recortes ejemplarizantes, severos, rigurosos, como se está haciendo en otras comunidades autónomas con problemas menores que los nuestros. He dicho muchas veces, y reitero, que se puede reducir el número de consejerías, viceconsejerías, direcciones generales y organismos varios. Que se deben suprimir empresas públicas inútiles y con pérdidas muchas veces usadas para la colocación de amigos y compañeros de partido. Que sobran asesores y personal de confianza, vehículos oficiales, tarjetas de crédito, dietas, viajes absurdos y un montón de prebendas que resultan un agravio para los ciudadanos en estos tiempos de carencias. Y que incluso hay que pensar en la supresión de pagas de Navidad y en la congelación de más sueldos a funcionarios y a toda la clase política, como hacen en otros lares. Nada de esto se lleva a cabo y parece lógico que el pueblo desconfíe y que se ahonde así el divorcio entre los ciudadanos y la clase dirigente. Como sucedía con una de las diosas del olimpo, la ocasión la pintan calva.