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De verdad y de mentira > María Montero

   

Quién no dijo alguna vez una mentira en su vida y, cuando mentimos a otras personas, ¿es con el propósito o la pretensión de que nos crean?, o ¿tratamos de manipular la realidad?; y si lo logramos, ¿cuáles son las consecuencias?; y si nos descubren, ¿estamos dispuestos a admitirlo?. Y si reconocemos nuestras mentiras, nos arriesgamos a perder relaciones y, aunque conservemos a ciertas personas, ¿nos perdonarían?; más algo bien importante: ¿vivimos en paz con nuestras mentiras personales? O, si estas mentiras son sociales o políticas, ¿vivimos encubriendo secretos que afectan a otros? ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que digamos la verdad? La verdad siempre prepara nuestra salida, y quizá, si hablamos, podemos liberar a cientos de personas, pero también podemos pagar un precio muy alto por destapar grandes secretos o por negarlos. Asimismo, asistimos actualmente a un popular bautizo social, pues estrenamos nuevo gobierno y andamos revistiendo de agua y de sal, y de ungüentos y promesas, y de buenos augurios, la legislatura en puertas, que aún arrastra mentiras no liberadas del gobierno anterior. Esperamos, todos los españoles, que las promesas realizadas a la sociedad para este proclive proceso sean toda la verdad y nada más que la verdad. Estamos tan acostumbrados, especialmente en los últimos años, a mentir tanto, en lo pequeño y en lo grande, que ha llegado un momento en que la patología social agudizada que soportamos a duras penas es creernos nuestras artimañas para no ser vistos, o cargar con las argucias ajenas. Y es que la mentira patológica colectiva es capaz de arrimar a un país al abismo, de culparse en causas externas y de empujar al vacío las medicinas necesarias, a las personas aún cuerdas, o de vender un puente colgante imaginario de escape a otra realidad, con tal de no mirar dónde realmente estamos. Esto ha venido sucediendo entre españoles y europeos: se han desbordado las alcancías monetarias hacia el vacío político, las mentiras se han convertido en un pozo sin fondo, y los españoles, no sólo no se vacunaron contra la caída existencial o la hipotecaria, sino que ahora buscar y encontrar el antídoto anticrisis tiene un precio de oro. El nuevo gobierno dice que posee el antídoto anticrisis, y que lo va a aplicar, pero ¿hay suficientes dosis para todos, o existen ciudadanos tan víricamente contaminados que ya no tienen solución y van a seguir desahuciados?¿No será que llevamos demasiado tiempo enfermos de orgullo para aceptar la realidad? Hay españoles que carecen de orgullo y lo necesitan para remontar su infección de no merecerse nada o su dependencia de ayudas que nunca llegan; pero otros españoles rebasaron los límites de la arrogancia, y cuando la evidencia los señala como ladrones de sueños y encantadores de serpientes, todavía no se rinden, y se creen los mercaderes de las soluciones que afloren en los próximos meses, y seguramente piensen en comerciarlas como aspirinas, aunque la fórmula sea de otros. Esto es muy español: uno cualquiera genera una crisis y no la asume, pero todos se apuntan a firmar las patentes de la salida del túnel. Si son crisis personales, estamos en el mismo microcosmos, espejo del macrocosmos descrito. Generamos nuestras luchas internas, no las reconocemos, mentimos, queremos que otro nos haga el trabajo, y luego firmar el autógrafo mágico del bestseller de la autoayuda. Don Quijote desveló su verdad, y quemó sus molinos de viento, pero nosotros: ¿somos quijotes o seguimos mintiendo?

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