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El átomo de la diosa > María Montero

   

Nacimos mujeres, aunque en diferentes épocas de la historia. Se nos ha considerado reinas, musas o cuasi diosas, y nuestra energía femenina ha hecho tambalear desde imperios, templos y creencias hasta el sofisticado arte de Leonardo da Vinci, autor del retrato La Gioconda, que representa una enigmática sonrisa de mujer. Se comenta popularmente que ella custodia un secreto quizá inmerso en la búsqueda iniciática del Santo Grial, tal como se apunta sobre el arte alquímico del pintor en cuestión. Y es que la mujer lleva, en esencia, esa sonrisa misteriosa de La Gioconda, esa gracia otorgada por el átomo chispa de la creación, el átomo del desarrollo de la vida. De alguna manera, nos sentimos dignas por ser partícipes del misterio más sorprendente de la vida; somos elegidas para portar vida dentro de la vida, en definitiva: somos griales por naturaleza. Y es entonces cuando me pregunto por la naturaleza femenina que las mujeres congeniamos dentro de nosotras, y por la forma en que la representamos en la sociedad. Hemos recorrido un muy largo camino, a veces, doloroso, para ser vistas y reconocidas, y sin embrago parece que no siempre tenemos suficiente, o no siempre ocupamos el lugar que nos corresponde. En el siglo actual, en el que la mujer ha acumulado ya tantas experiencias vitales, entre nosotras diríase que no nos sentimos del todo conciliadas, y la mujer prosigue en una actitud competitiva e incluso destructiva hacia la otra mujer. Creo que esta cuestión no deja indiferente al resto de la sociedad.

La mujer ha olvidado que nació con una reina en su interior, y en la medida de su feminidad ocupa su trono, su lugar, y es reina de su mundo, así como es reconocida socialmente en función de su reina exterior. Es decir: la mujer se siente reina interna y externamente; o manipula para ser reina fuera, ante los otros, que no sostiene en su fuero interno; o lleva una reina dentro de sí, pero no sabe cómo llevarla hacia los demás. Sea como fuere, estos desequilibrios femeninos causan conflicto en sus relaciones con las otras mujeres, con los hombres y los hijos. La reina-madre suele atrapar emocionalmente a los hijos, y no les permite una madurez adecuada, y se resiste a soltar su poder matriarcal; mientras que la reina-amante-esposa puede seducir al hombre a nivel sexual o psicológico, castrar su energía masculina y usurpar su espacio. Así ella se hace más hombre que el propio hombre, cumple dos roles por tanto, y los hijos varones especialmente observan un rol masculino inadecuado. Y este desorden sistémico se extrapola lógicamente a los órdenes sociales y a la convivencia colectiva. Es cierto que nuestras madres y abuelas no nos enseñan a ser mujeres o lo hacen a su manera, o quizá tuvimos madres extraordinarias, pero el átomo de la diosa de la creación, por algún lado, nos tiene que aflorar a todas. Y cuando las mujeres denunciamos la lucha de poder de nuestro propio género, algunas se acogen a reconocerlo; otras siguen practicando el poder sin escrúpulos, y otras son reinas en su trono y reflejan aspectos femeninos que antes o después son reconocidos. Estas mujeres están repartidas por el planeta, y son las musas no sólo de Da Vinci, sino de las generaciones del futuro. Cuando la mujer consigue premios a través de un falso femenino, acaba por destaparse, y la mujer auténtica apedreada por la mentira resurge indemne y brilla como un grial. Esto es justamente lo que las mujeres necesitamos del hombre y de la sociedad: que nos miren, que reconozcan la verdadera reina y que hagan justicia con el falso grial.

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