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El cauce

   

El poeta Orlando Cova. | DA


MIGUEL ÁNGEL G. YANES
| Santa Cruz de Tenerife

a Orlando Cova

Por el profundo cauce del barranco te va empujando el sol, quemándote la espalda y las entrañas con su infierno de luz casi divina. Con un saco de sueños sobre el hombro, y el aroma intenso del brezal hecho sed en la piel y en las grietas de los resecos labios, ensimismado bajas de la cumbre con un ritmo cansino, ya en los pasos y la enigmática paz de la sonrisa del buscador que halló quién sabe qué en la lejana bruma de aquel mar.

Tu garganta, con un dolor que raspa la esperanza, recitando bajito, va creando versos de luz y sal: casi inaudibles murmullos para el alma. Arden tus pies desnudos al contacto abrasador del lecho del barranco, en ese tramo de roca hirviente: fragua donde un martillo invisible golpea con la furia terrible de mil rayos.

Pero ahora no te puedes parar, y se te ocurre que la vida es también el cauce profundo de un barranco por el que inexorable fluye nuestro espíritu. Y nos va transformando… unas veces en piedras o guijarros, en granos diminutos de arenas, o en gotas del tumultuoso caudal que arrastra horas, días, semanas, meses, años… de enloquecidas aguas que al final, buscándose a sí mismas se funden (sin darse cuenta apenas) con la espuma salobre de las olas, en el abrazo frío de otro mar siempre azul en la luz de la distancia.

(25 de octubre de 2011)