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El debate > Miguel L. Tejera Jordán

   

Después del debate del pasado lunes, mucha gente me comenta que se quedó con las ganas. La mayoría afirma que esperaba más tensión entre los interlocutores y considera, no solo que estuvieron tibios, sino que ambos parecían conformes con sus futuros roles: es decir, que Rubalcaba parece resignado a jugar su papel de líder, del que previsiblemente será primer partido de la oposición, mientras que Rajoy se puso claramente a la defensiva, sabedor de que va a ganar holgadamente, y no quiso arriesgar declaraciones que pudieran poner en peligro la ya calculada -y abultada- cosecha de votos que le conducirá a La Moncloa. Personalmente debo decir que el debate no me entusiasmó, en absoluto. Me tropecé con un Rajoy excesivamente profesoral, parapetado en cifras y números y en unos folios que consultaba de cuando en cuando, como si no recordara lo que pensaba decir. Y a Rubalcaba lo contemplé mucho más como un periodista que le estuviera haciendo una entrevista a quien va a ocupar el despacho de próximo presidente del Gobierno de España, sea en La Moncloa, o donde Rajoy decida, que parece que se decantará por el Palacio de Buenavista. La gente que estaba esperando gancho no vio más que dos o tres minutitos un poco más estimulantes que el resto, especialmente cuando el socialista preguntó a Rajoy por la prestación de desempleo de los parados, o cuando vaticinó que el PP recortaría pensiones e inversiones en Sanidad y Educación. Por su parte, Rajoy hiló fino cuando denunció que Rubalcaba había sido copartícipe del Gobierno que, según él, estaba llevando a España a la catástrofe. Ninguno habló de corrupción, un tema sangrante en España a cada momento y que ha salpicado en proporciones más o menos parecidas a las dos formaciones políticas y hasta a la alta alcurnia (al caso Campeón del ministro de Fomento y a la posible imputación de Urdargarín, los remito). Los dos candidatos pasaron por encima de ETA como quien está pisando huevos. No hubo condena tajante de los criminales y ninguno enfatizó en el derecho de las víctimas. La batalla contra el terrorismo quedó light, seguramente porque, entre bastidores, pactaron no hacer del terrorismo una cuestión de campaña, ni beneficiar con ello a la izquierda abertzale.

Quedó muy diluido en el debate el papel de España en Europa y en el mundo; no se produjeron referencias a las autonomías. Y ni se mencionaron fenómenos sociales de gran calado como el movimiento de los indignados. Tampoco trataron de la agilización de la justicia y, sólo al final, Rubalcaba puso un poco nervioso a Rajoy con su referencia a los matrimonios homosexuales. Y ni siquiera abordaron la dación de la vivienda en pago en caso de no poder asumir la hipoteca. Rajoy destacó, según mi punto de vista, en su insistencia en la creación de empleo, aclarando que, mientras no se generen nuevos puestos de trabajo, no crecerá la economía, no se recaudarán más impuestos y aumentará el número de parados y pensionistas. Pero no detalló en demasía cómo va a crear empleo, ni a qué ritmo. Sé que no es fácil hacer un pronóstico cuando ni siquiera ha llegado a La Moncloa. Sabemos todos que cualquier gobierno tropezará con graves dificultades para mantener el Estado del bienestar y que, a poco que se mueva ficha en los recortes, se iniciará todo un rosario de protestas sociales que inundará de grave malestar las calles y espacios públicos de este país… Y, por último, creo que el debate no cambia votos. Tengo para mí que cada uno tiene ya delimitado por qué fuerza política va a votar.