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El desprecio por la vida… ajena > Manuel Iglesias

   

Los medios nos aportan casi cada día una nueva información sobre algún caso de agresión doméstica, sobre todo con características machistas, que unas veces terminan en muerte y otras se quedan en lesiones, pero en cualquier caso señalan una situación preocupante, tanto por los sucesos inmediatos como porque el problema, lejos de disminuir, mantiene su escalofriante intensidad e incluso estadísticamente aumenta el número de homicidios.

Según señaló en su día el Ministerio del Interior, cuentan con una base de datos que contiene el registro de más de cien mil víctimas de violencia doméstica, un listado que permite la coordinación de los cuerpos policiales, la Fiscalía y otras instituciones en la lucha contra ese tipo de violencia, y actualizar la valoración del riesgo que padecen.

Es un número importante y, más allá de que en algunos de estos casos, como se ha señalado incluso en el entorno judicial, se incluyan denuncias falsas por motivos de separaciones o divorcios, celos, etcétera, también es verdad que mucha violencia doméstica permanece oculta y no aparece en este listado y, si bien no son elementos que puedan aparentemente compensarse, sí que aportan consistencia a la dimensión de las cifras.

Entre lo confuso del ambiente social en que nos encontramos, de alguna manera flota en el aire una sensación de que quizás la sociedad se esté acostumbrando a los sucesos de este tipo y sólo reacciona con sistemas mecánicos de acción y represión, pero nos fallan los de prevención en el ambiente social, donde se parece considerar que las soluciones son mayoritariamente endurecer las penas y pedir a la policía que actúe, y ya con eso se descarga el peso en legisladores y medios policiales.

Probablemente, las soluciones no se hallan tanto en persistir en un planteamiento de represión y castigo, sino que están también en otros lados. Algunos sectores profesionales pone en duda que sólo el endurecimiento de las leyes y el aumento de las penas que se reclaman por algunas organizaciones sean los únicos métodos para acabar con esta lacra.

Algo no funciona del todo y quizás influya el que nos encontramos ante unos delitos que no tienen un paralelismo con otros a los que se les pueda aplicar simplemente sanciones punitivas o amenazas de castigo, porque probablemente aquí intervienen elementos tan poderosos como los sentimientos, que en algunos casos parecen escapar al control racional. Priman las pasiones con todo lo que éstas implican de creencia de propiedad-, cólera, etcétera, parecen ser acicates incontrolados.

A ello se une un inquietante desprecio a la vida humana que son indicativos de, como sociedad, algo está fallando en estas cuestiones y en cómo fundamentamos determinados valores, conculcados por la violencia machista o las agresiones domésticas.