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El Estado y el bienestar > Jorge Bethencourt

   

Cuando algunas voces hablan de reformar el Estado del bienestar, de inmediato surgen otras que alertan del peligro de que bajo esta propuesta se oculte el inconfesable y perverso proyecto de liquidarlo. Y el error se encuentra en qué Estado y bienestar aparecen ligados de forma indisoluble. Cuando los sindicatos hablan hoy de defender el Estado del bienestar, se refieren exclusivamente al “empleo público” que genera el actual modelo. Una sociedad del bienestar es aquella que garantiza servicios públicos a todos los ciudadanos y eso puede hacerse con empleados públicos o con ellos y actividades empresariales privadas, bajo la regulación y supervisión de la administración pública. Después de cuatro años de tocarse las narices -por no citar otras extremidades- nuestros políticos han empezado una escalada de recortes que afectan a la sanidad y a la educación. Porque, como casi siempre ocurre, las medidas de ahorro terminan cayendo como gotas de lluvia ácida sobre los que lo pagan todo. La casta de políticos, sindicatos y burócratas no ha dado un paso atrás ni siquiera en la estética de sus privilegios. Hay países donde los servicios públicos se prestan por aquellos que lo hacen mejor y con menor coste. Donde los ciudadanos pueden elegir libremente, porque lo han pagado con sus impuestos, entre centros sanitarios públicos o privados, entre colegios públicos o privados, que compiten en captar el mayor número de clientes.

Cuando en España decimos que la enseñanza o la sanidad pública es gratuita expresamos una estupidez soberana. La pagamos. Todos y todos los meses. Lo que se defiende ahora con uñas y dientes es el empleo público. Y no es una tontería que nos preocupe, porque recortar las plantillas públicas es mandar a miles de personas al paro y produciría más enfriamiento económico y menor consumo en una economía que atraviesa un periodo de glaciación. Pero mantenerlas supondría más gasto público en un momento en que los ingresos no lo soportan. O lo que es lo mismo, que estamos ante un grave problema. Plantear la reforma del Estado del bienestar hacia una sociedad del bienestar no es cuestionar la prestación de los servicios públicos, sino su costo y eficiencia. Otros países han creado ya modelos mixtos y sostenibles, sin demagogia, sin manifestaciones, sin privilegios de castas y sin enfrentamientos. El cambio al que nos enfrentamos no es sencillo. Requiere tiempo, grandes acuerdos, inteligencia y sentido común. Es decir, que no lo haremos.

@JLBethencourt