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El penúltimo aleteo > María Vacas Sentís

   

Aquel fue el penúltimo aleteo de la democracia. Lo vimos agitarse efímero en Grecia, cuando Papandreu osó mencionar la posibilidad de consultar al pueblo acerca del enésimo y brutal recorte -idea ferozmente desaconsejada y desestimada-. Luego se cerraron las puertas de la libertad, la urna quedó sin papeletas y la democracia amaneció ilegítima y vacía de gente, sustentada por gestos livianos y viejas rutinas, pero con sus sillones de terciopelo plagados de gestores y cucarachas, burócratas y banqueros planificando el reparto de dividendos, participando de la antigua fiesta del pueblo ya sin el pueblo.

Cuando esto sucedió hacía ya tiempo que los economicistas habían salido de los escondites en los que se habían refugiado tras la explosión de las hipotecas basura. Ya habían desempolvado prestos sus maletines llenos de tijeras y estadísticas, junto con sus corbatas de diseño, para aconsejar, primero, que se rescatara a los bancos con dinero público sin contraprestación alguna; y para exigir, después, recortes de gasto social y reformas, a cambio de que esos mismos bancos prestaran dinero a los gobiernos. Habían regresado desde la desmemoria colectiva para situarse a la derecha de los padres de la patria como si nunca hubiera pasado nada, como si la innovación financiera o la desregulación especulativa no hubieran sido cosa suya, como si sus antiguos consejos de factura neoliberal no se hubieran revelado regresivos, inmorales y fallidos. Volvieron abonados por la fe irracional en la neutralidad de su ciencia.

Lo siguiente fue saltar con arrojo desde los consejos de asesores hasta sentarse en la cúspide para presidir los gobiernos “técnicos” y de unidad nacional, como pronto hicieron el griego Papademos y el italiano Monti, tecnócratas que con el visado de Goldman Sachs, sustituyeron a la pléyade de ineficaces políticos metidos a tecnócratas, para aplicar su única ley: destriparlo y vaciarlo todo; hundir los sueños, torpedear el futuro. Rebajar salarios, retrasar la jubilación, consolidar la temporalidad, despedir funcionarios, privatizar lo público. Abrir como un melón ensangrentado el Estado del bienestar, para sacrificarlo en el altar de la rentabilidad, la competitividad y la productividad, y no olvidemos la eficiencia.

Pero los mercados querían todavía más y más rápido. Y ya no bastaban las recetas emanadas a fuego lento de unas administraciones arcaicas y burocráticas, retardantes -por ley- de las indispensables reformas flexibilizadoras. ¿Para qué hacía falta tanto diputado inoperante?, ¿por qué tanta cámara parlamentaria cuando todos sabían que mandaban la banca y la gran patronal? Entonces sucedió lo inevitable porque sólo era cuestión de tiempo: se privatizaron los parlamentos y todos los representantes públicos fueron fusilados simbólicamente, en aras de la eficaz agilización de los procedimientos administrativos; y se vaciaron Bolsas y mercados -aunque se dispararon las cotizaciones-, porque todos los ladrones de guante blanco, todos los presidentes de consejos de administración, todos los ideólogos a sueldo, todos los pillos, especuladores y apóstoles del beneficio fácil coparon por fin las bancadas de los parlamentos del mundo, y allí, en directo, en un acontecimiento televisivo único, se repartieron y comieron -sin necesidad de cohechos, ni intermediarios- todo, todito, el pastel.