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El poeta en voz activa

   

Orlando Cova, el poeta de San Andrés. | DA

RUBÉN DÍAZ | Santa Cruz de Tenerife

Apuremos las copas y celebremos la eternidad (Orlando Cova)

El único consuelo que nos queda a quienes conocimos de cerca a Orlando Cova, el poeta de San Andrés, es que su marcha respondió a su deseo. Lo cierto es que ahora su ausencia nos deja un gran vacío, un extraño vértigo y una larga estela de palabras grabadas con una pasión desbordada y desbordante que nos obliga, a toro pasado, a darle la razón. Quizá su profusa obra merecía una criba por aquello de la controvertida relación entre cantidad y calidad, pero la prisa de Orlando tenía en el fondo una sensata razón de ser, un objetivo y un destino obsesivos: escribir, escribir, escribir… Tal urgencia no le permitía detenerse a revisar ni cotejar el intenso vómito literario que le asaltaba en sus largas horas de introspección. Tampoco tenía más tiempo que el que empleaba en ordenar sus emociones, sus versos, su transgresora mirada, su palabra para todos los públicos, su generosa interacción con los amigos, los bares, las lecturas… Jamás conocí a nadie con mayor compromiso con la literatura. Su vida misma lo era y su dolor de la vida, dulce dolor a veces, trágico y corrosivo otras, sólo era mitigado por esa devoción sin límites a la poesía, oficio en el que militó sin condiciones como un obrero convencido.

Este último tramo ha sido especialmente duro con nuestra fábrica literaria, si sumamos a la pérdida de Cova las de Rafael Arozarena, Gilberto Alemán, Mariano Vega, Ana María Fagundo… y otros artesanos de la palabra más jóvenes, los también recordados Ezequiel Pérez Plasencia o Ernesto Delgado Baudet. Todas estas ausencias nos duelen y nos impregnan de un aire de orfandad que se agrava cuando además nos atan lazos de amistad y convivencia. Y en esto me detengo cuando me asaltan incontables recuerdos y anécdotas con cada uno de ellos, dotados de la imperiosa singularidad que marca a los artistas: las tertulias con el maestro Arozarena (la Chop del Tretán); las ilustradas charlas y la camaradería del dueño de El Granero de la memoria, publicado en este periódico; la sabiduría mágica y ese saber estar de nuestro amigo zen; el encuentro en Madrid -junto a Paco Limiñana- con la artífice de Alaluz y de aquellos fantásticos versos chapoteando con las ranas de la plaza de los Patos, recitados con el magisterio de Pilar Rey… Y también la rebeldía intrínseca de los otros amigos que pusieron su vida en la parrilla, como Ernesto y Ezequiel, malogrados autores que transitaron territorios hostiles en una peligrosa y arriesgada exploración, para dejarnos un hondo legado impreso. Y en esa mortal rebeldía también habitó Orlando, radical y confeso, instaurando su propia leyenda sólo con el contrapeso de su ternura, su capacidad de entrega y cariño y su más noble sentido de la amistad.

Lo conocí con Arozena en 1984 y pronto se convirtió en compañero de viaje. Su equipaje era muy simple: papeles y palabras, emociones y ansiedades, sinceridad e impertinencia, instinto y arraigo… Sus visitas de madrugada al periódico, cuando trabajábamos Planas de Cultura o Toma Nota, sus llamadas de teléfono, para aclarar sus dudas, compartir sus versos, su polémica… se hicieron habituales. Orlando se convirtió en un personaje principal, solitario e independiente, creativo y destructivo, controvertidamente amoroso…

En nuestra memoria prevalece sobre todo su voz activa (apelando a su Verbo amar…), rota muchas veces por el sentimiento, con la que compartimos intensos e inolvidables recitales en distintos ciclos poéticos (Jueves de Poesía, Lecturas con Jomolupa y Las Noches Son Cultura) en complicidad con Lourdes Hernández, Nicolás Rodríguez Kolia, Margarita Meneses, Olga Luis Rivero, Fernando Senante, Armando Rivero, Paco Limiñana, Javier de la Rosa… y mi guitarra y la percusión de Marañón de fondo. Afortunadamente nos quedan algunos documentos sonoros, fedatarios -ahora apresurados- de su peculiar manera de recitar, en simple sintonía con su propia poética y su personalidad. Precisamente habíamos convenido, en la barra del bar El Castillo de su San Andrés del alma, un recital junto a Margarita Meneses, con quien quería compartir sus versos y con quien compartimos experiencia la última vez en La Gramola. La visita que le hicimos Antonio Carmona y yo en julio pasado, en el intento inútil de retrasar su huida, no consiguió su propósito: Orlando y su voz activa ya tenía las maletas hechas, equipaje cargado de callaos de San Andrés y una copa de vino para apurarla y celebrar la eternidad. Buen viaje, Orlando; ya nos contarás, amigo (siempre reservaré tu copa en El Petón).

(Octubre de 2011)