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El PP, con el viento a favor> Leopoldo Fernández

   

Solo un imprevisto que tuviera gran incidencia social podría evitar el triunfo arrollador del Partido Popular en las elecciones del próximo día 20. Todos los estudios de opinión, incluido el más riguroso del CIS, coinciden en otorgar a la formación liderada por Mariano Rajoy un éxito histórico que, según las encuestas más fiables, es atribuible al irrefrenable deseo de cambio político -en caras y programas- del pueblo español. Más que mérito del candidato gallego, que también aunque su valoración personal sigue baja, o demérito de su principal contrincante, al que los ciudadanos otorgan sin embargo mayor credibilidad, la tendencia que se advierte en el electorado viene a castigar la pésima gestión de la crisis económica realizada por el Gobierno socialista durante los últimos cuatro años, con Zapatero -el político peor valorado en estos momentos y del que más desconfían los ciudadanos- a la cabeza y Rubalcaba recordado como su mano derecha.

De confirmarse en las urnas este panorama, Rajoy superaría el éxito de Aznar el año 2000, cuando obtuvo una mayoría absoluta de 183 diputados, y daría un vuelco en Andalucía, tradicional semillero de votos del PSOE, que quedaría ahora a diez escaños de distancia. Mal augurio para las elecciones autonómicas de esta comunidad, estiradas hasta mayo por conveniencias partidarias -para ver si el PP mete tijera y recorta derechos en sus primeros meses de mandato-. Si los populares ganasen entonces, el socialismo español habría perdido su último feudo de poder y, salvo en Canarias, no gobernaría en ninguna región, como tampoco lo hace en las grandes capitales. Tras el éxito en las municipales y autonómicas, las elecciones generales ratificarían en tal caso el ascenso de esa marea azul del PP, que gobernaría en todas las instituciones del país durante al menos cuatro años.

En estas condiciones, cuando todo parece decidido y ni el propio candidato socialista cree en milagros -recuérdese su frase de que será más fácil que el Real Madrid gane al Barcelona que él mismo se imponga a Rajoy-, la campaña electoral que, a efectos de calendario, dio comienzo este fin de semana se presenta sin apenas interés y relevancia, incluso en Canarias, donde las encuestas de intención de voto otorgan ocho diputados al PP, cinco al PSOE y dos a CC-NC-PNC. Todo el pescado está vendido, y ni la confrontación de programas, ni su exaltación en prensa, radio, televisión, mítines y actos multitudinarios -por cierto, cada vez más devaluados en favor de las redes sociales-, ni siquiera el debate televisivo anunciado para mañana, aportan el morbo mínimamente exigible. El PP sigue con su apelación a combatir el paro y la falta de actividad económica, del mismo modo que Anguita le daba en su día al famoso “programa, programa, programa”, mientras un Rubalcaba a la defensiva y con guiños a la izquierda y a los indignados apenas esboza propuestas originales por la carga de rechazo que le ha echado a la espalda el presidente Zapatero.

Con esto no quiero decir que estas dos semanas que quedan hasta el 20-N sean una vía dolorosa para Rubalcaba y un paseo para los populares, pero casi…, a menos que Rajoy cometa un error imperdonable que nadie espera, conocida su prudencia y el tono templado de sus intervenciones. Por otra parte, un exceso de agresividad de su contrincante, o una crítica desmedida hacia el programa del PP, puede volverse en contra de Rubalcaba, que, no obstante, en el debate televisivo es quien más tiene que ganar. La campaña debería inspirar confianza y servir a los partidos para sincerarse con su electorado -todo programa debe ser un compromiso con los votantes- y pedirle su apoyo para la resolución de la gravísima crisis económica que afecta al país. Más que descalificaciones, mentiras, insultos y desprecios hacia el adversario, lo que España necesita son compromisos y consensos creíbles para abordar las reformas, empezando por la del mercado laboral, que aguardan a la vuelta de la esquina. Nos lo han dicho todos, desde el Eurogrupo al G-20: tenemos que seguir con los ajustes para reducir imperativamente las altísimas cifras de desempleo y remontar la crisis.

El dramatismo de los cinco millones de parados -en realidad una cifra superior si se suma a los autónomos y a quienes realizan cursos de formación- se ha convertido en el eje central de la campaña, de ahí los problemas para el candidato socialista, junto a los recortes que nos exigen allende nuestras fronteras para recuperar la economía y poder pagar la deuda; este objetivo es el meollo de la reforma constitucional que en buena hora pactaron PSOE y PP y que algunos no han querido entender porque sin ella hoy estaríamos intervenidos y seguramente en peor situación que Italia. Gracias a los nacionalistas, España no se halla a los pies de los caballos del BCE y el FMI, de modo que cabe esperar de estos partidos un nuevo ejercicio de patriotismo y sentido común para colaborar en la solución de los gravísimos problemas económicos, pero también sociales -para no perder derechos ni retroceder en la sociedad del bienestar-, aunque su concurso no fuera necesario para la formación de Gobierno, si se confirma esa mayoría de 74 escaños del PP frente al PSOE.

Los populares no tienen ninguna varita mágica para arreglar el problema del paro, pero sus propuestas parecen razonables y al menos no cometerán los inmensos errores del actual Gobierno, ni insistirán en las políticas zapateriles de ingeniería social que pecaron de exceso de radicalidad, partidismo, beligerancia e ineficiencia en la gestión, cuando lo que el país necesitaba esa voluntad de concordia, confianza, moderación, sosiego y el compromiso constructivo de todos para acabar con el paro y ofrecer a la sociedad un camino de esperanza y prosperidad. No sé si a estas alturas el alto porcentaje de indecisos, a los que algunos relacionan con el PSOE, podrá influir en el registro de sorpresas, pero bien mirado la duda, como dice el clásico, conduce al examen, y por el examen se llega a la verdad. A ellos tal vez pueda influirles el debate televisivo de mañana -en otros países de nuestro entorno se desarrollan dos y hasta tres encuentros-, aunque está preñado de un encorsetamiento que no da pie a la espontaneidad, la frescura y el interés que despierta una controversia a la americana, sin tiempos tasados, bloques de preguntas bajo consenso y equipos que negocian y evitan el diálogo directo entre los candidatos. En estas condiciones resultará difícil hacer llegar a los ciudadanos las diferencias ideológicas y programáticas de los contendientes, avezados ambos en la gobernación del país pero excesivamente tactistas y poco dados a hablar con franqueza de los malísimos tiempos que nos esperan y de la necesidad de duras medidas impopulares para afrontarlos.