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El volcán que aparece y desaparece

   

Turistas, vecinos y periodistas observan la zona de la erupción. | FRAN PALLERO

VICENTE PEREZ | El Pinar

Como la mítica isla de San Borondón, el volcán de Las Calmas aparece y desaparece en el mar de La Restinga. En la mañana de este miércoles casi no hay señales de la erupción submarina, hasta el punto de que por momentos cuesta identificar la mancha que indica la presencia del foco eruptivo.

Sólo la presencia del buque oceanográfico Ramón Margalef, que estudia el fenómeno in situ, permite adivinar la posición del punto en que sale material volcánico desde hace casi un mes a 300 metros de profundidad, pero con un cráter que podría estar ya a menos de 100 metros de la superficie.

Podría parecer un día normal en la hermosa costa sur de El Hierro si no fuera porque en La Restinga apenas hay vecinos, y los que hay se reúnen en torno al único bar abierto, pero sin comida, muy cerca del puerto, hasta el punto de que todos comentaban con tristeza cómo la marea verde de las emanaciones del volcán submarino se ha adueñado del puerto, quedando estancada, y haciendo aparecer más peces muertos.

Y normal sería el diáfano amanecer herreño con la imponente silueta del Teide al fondo, si no fuera porque el miércoles las ebulliciones del volcán sobre la superficie del mar volvieron a subir más de diez metros de altura, aunque los vecinos de La Restinga siguen impresionados sobre todo con la enorme burbuja de gases y lava que vieron el sábado, “de más de 20 metros de alto, como de la altura de una casa de cuatro plantas”, según afirma Inoel, pescador retirado.

También sería un día normal si no fuera porque los vecinos restingueros no pueden permanecer de noche en sus casas, y la Guardia Civil desaloja el lugar a partir de las 18.00, hasta las 8 de la mañana. El mar es la razón de ser de La Restinga, un pueblo ahora muerto, con los clubes de buceo cerrados (alguno mantiene las oficinas abiertas, pero ya no hay buceo en la zona), los apartamentos vacíos y el sector pesquero paralizado. De hecho, ver el puerto casi sin barcos resulta desolador (antes había unos 80, ahora los que quedan se pueden contar con los dedos de una mano).

Antes de llegar al pueblo, los periodistas van llegando durante la mañana, y se ven las cámaras con gigantescos objetivos apuntando al foco del volcán desde la carretera que baja de El Pînar, pero hoy de momento sin el premio de una foto.

Sería un día normal si los 600 habitantes de La Restinga, de los que la mayoría está realojada ahora en El Pinar, no tuvieran ya sobre sus espaldas más de unmes de estrés, con dos evacuaciones, y restricciones diarias para volver a sus viviendas.

Pero sobre todo es un día anormal porque, más que el volcán, para esta población el problema es la parálisis económica en que se encuentran. Y es que para las empresas del pueblo no hay clientes: ni turistas (salvo algunos muy salteados), casi ni periodistas (que se sitúan en una zona con mejores vistas al fenómeno volcánico), y, para colmo, ni los propios residentes, pues la gran mayoría se ha llevado ya sus pertenencias más valiosas y bajan muy a cuentagotas, y por poco tiempo.

Así y todo, un grupo de unos 15 residentes en el barrio se reunió en torno a la tasca Las Lapas al mediodía de este miércoles, un corrillo en el que se habló sobre todo de que no llegan las ayudas prometidas, de que hay gente ya que está al límite psicológicamente y de que sólo una erupción sin daños a personas ni bienes pero visible, y que creara un islote, podría compensar de tanto perjuicio geológico. Una mañana o un día, en cualquier caso, no es nada en la vida de la naturaleza, y la calma del Mar de Las Calmas hoy apenas admite sacar conclusiones sobre cómo evolucionará la erupción.