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Elecciones marroquíes > Leopoldo Fernández

   

Marruecos celebra mañana unas elecciones legislativas -adelantadas diez meses para calmar las protestas de los indignados y de los opositores al régimen- no menos importantes que las que acaba de vivir España. Se trata de las primeras tras ser aprobada, en julio pasado, la nueva Constitución con el apoyo de más del 98% de los ciudadanos. Marruecos va a poder comprobar el grado de respaldo de la Monarquía, una vez que se ha desprendido de algunas de sus atribuciones menos democráticas, y el islamismo, tras la primavera árabe del Norte africano. El clima político revela cierta preocupación oficial ante las manifestaciones antirrégimen del pasado domingo -convocadas a través de las redes sociales e ignoradas por la prensa, la radio y la televisión oficialistas- en más de 65 ciudades, así como los llamamientos realizados por diversos grupos democráticos para que se produzca un boicoteo de los comicios (en los de 2007 la participación real no pasó del 37%). Tres formaciones tienen posibilidades de triunfo: el Partido Istiqlal, nacionalista de derechas, que dispone, como primera fuerza política, de 52 de los 325 escaños de la cámara legislativa y a la que pertenece el primer ministro El Fassi; los islamistas del Partido Justicia y Desarrollo (PJD), principal fuerza de la oposición, islamista moderada y promonárquica, con 47 escaños; y ocho partidos de diversa procedencia (radicales, socialistas, liberales, ecologistas, etc.) unidos en torno a la llamada Agrupación Nacional de Independientes o Coalición G8, pero que se presentan por separado. Según la nueva Constitución, el Rey viene obligado a elegir al primer ministro del partido más votado en las elecciones. El Movimiento 20 de Febrero, equivalente en parte al de los indignados españoles, con notable carga de izquierdas y el apoyo de grupos islamistas radicales -como el movimiento Al Adl Wal Ihsane (Justicia y Caridad), fuera del juego electoral, pero de gran influencia social- se han conjurado contra, por una parte, las poderosas influencias del Palacio Real y los grupos económicos que se mueven en torno a él, y por otra, la lucha contra la corrupción y la continuidad que a su juicio persiste en un sistema político aún poco democrático. Aunque Marruecos sigue sin libertad de expresión y con no pocas carencias, sus avances en materia de libertades en el mundo de la pulsión árabe resultan evidentes y reflejan a un país aún atrasado, leal a Occidente y firme baluarte contra el islamismo radical. A España, y por extensión a Canarias, le interesa que gane la moderación y la política de buena vecindad como garantía de paz y equilibrio en esta zona tan convulsa.