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Empleo turístico > Salvador García Llanos

   

Cuando se desató la primavera árabe y la inestabilidad en la zona propició que un importante volumen de turistas europeos fuese desviado hacia destinos más seguros, aunque ya fueran conocidos como Canarias, fuimos de los primeros en plantear que esos incrementos deberían corresponderse con la creación de empleo en el sector, que, más o menos, había resistido bien los vaivenes de la recesión. Añadíamos que no debería olvidarse que se trataba de turistas prestados y que, por tanto, era conveniente seguir esmerándose para alcanzar la sostenibilidad necesaria. Aunque todo da a entender que seguirá habiendo negocio, no es menos cierto que éste anda sujeto a condicionantes cuya duración, en circunstancias como las que concurren, es una incógnita y obliga, por tanto, a estar alerta en todo lo que concierne a la fidelización de clientes y la captación de mercados emisores. Algunos responsables institucionales, acosados por las continuas cifras de parados en las Islas, esgrimieron el mismo argumento, en tanto que las patronales hoteleras se mostraron más cautas y algunos empresarios continuaron con sus habituales reservas, teniendo a la vista la rentabilidad entre los rendimientos de los costes medios de las estancias y los de una contratación laboral.

Lo cierto es que el Boletín de Coyuntura Económica para el sector turístico del tercer trimestre del año que se acaba, elaborado por la Cámara de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, señala que los establecimientos hoteleros canarios han incrementado sus plantillas el 6,5% en relación con el mismo periodo de 2010, en tanto que el número de viajeros alojados en sus instalaciones subió casi el 11%. Estas cifras, según el estudio, permiten hablar de un fuerte repunte en el sector, apoyado en un alza anual del 18,6% más de turistas extranjeros que visitan Canarias y en un aumento del 9,7% del gasto turístico local. Para la Cámara, los márgenes de rentabilidad siguen siendo escasos, por lo que no lanzan sus dirigentes campanas al vuelo, a la vista de esa ola de incertidumbre que sigue envolviendo a varios países europeos, algunos de los cuales son emisores turísticos. Pero es evidente que los porcentajes de crecimiento reflejan una cierta capacidad de resistencia y el aprovechamiento de las potencialidades, un aspecto en el que conviene perseverar para que la cualificación y la innovación sean dos conceptos que se reflejen nítidamente en cualquier oferta que se haga de nuestro producto turístico. Ello ha de contribuir, teóricamente, a la creación de empleo estable. Si el turismo tiene actualmente un peso considerable en toda la estructura productiva y es imprescindible que prosiga sin merma su actividad para mantener el empleo que genera, es primordial una reorientación con el fin de lograr una mayor sostenibilidad.

El sector precisa un Plan de Empleo específico que tenga en cuenta sus características y necesidades, entre ellas la formación. En efecto, según algunos empresarios, se sigue detectando carencias en esta materia y muchos aspirantes a un puesto de trabajo parecen no ser conscientes de lo que significa desenvolverse en el marco de la libre circulación de mano de obra. La adaptación de los títulos universitarios y de formación profesional a las exigencias del mercado laboral es otro de los factores a tener en cuenta. Si el turismo también aspira a un nuevo modelo, si quiere consolidar productos alternativos, si queremos hablar en serio de la especialización y si la iniciativa empresarial confía en desarrollar expectativas en consonancia con las demandas de los clientes y usuarios de nuestra época, el empleo que se genere debe estar al nivel adecuado. De eso deben ser conscientes las instituciones, los centros y organismos de enseñanza, y hasta las propias centrales sindicales.