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En la sombra de la rosa

   

Orlando Cova, el poeta de San Andrés. | DA

JESÚS R. CASTELLANO | Santa Cruz de Tenerife

“(…) ruegas por la lluvia como un indio,
metes otro cargador en la automática,
apagas las luces y esperas”
(Charles Bukowski)

Amigo Orlando:

Ya te fuiste y nos dejaste tranquilos, en este tedio mortífero y criminal que nos lleva -dijo aquel poeta que tú maldeciste en La Puerta (Radio Unión Tenerife) porque establecía como sinónimos “infamia” y “pueblo”- a llenarnos la boca de basura. Sin embargo, ahora que no sufrimos tu vanidad ni tu narcisismo, donde te ahogaste, te echamos de menos. Y eso que tu poesía hay que depurarla. “¿Quién coño eres tú para corregir mis versos?”, me increpaste una tarde-noche mientras Isabel decía que tus versos la habían enamorado y que se hubiese entregado a ti si no hubiese tenido marido. Una pena. Isabel enamorada, una delicia de mujer.

Iba a contarte ahora que nada nuevo bajo el sol de San Andrés. Mentira. San Andrés sigue siendo punto de fuga de la gloria arquitectónica. El Ayuntamiento de Santa Cruz, “esa vieja puta con más pintura que la puerta de una casa vieja, ciudad que languidece y encima de puta, apaleada”-retrato con rayos X de un escritor escondido- ha decidido seguir la tradición y ocultar el mar en el malecón de nuestro pueblo (aunque ahora soy del barrio La Maldad, me sigo sintiendo patriota de San Andrés)- y al asesinato de la playa de Traslarena, y al crimen contra un campo de fútbol que era único en el mundo, y a la destrucción de las casetas de pescadores (donde en la única que queda, Hanssen sigue estoicamente resistiendo) y al pronto acabamiento del cementerio marino, y a las ruinas del mamotreto, y al valle de Las Huertas y etc., incluido que mi cuñado se va a salir con la suya, porque, dicen, hay un dinero cultural -con la aprobación de Paulino Rivero- destinado al proyecto de mi cuñado de restaurar el castillo, pos ese San Andrés -que tú querías pueblo y que va a convertirse en barrio- tendrá dentro de poco su muro que nos salve de las acciones violentamente terroristas de la mar. Hoy fui por allí. A nuestro amigo Chani le ha dado por caminar. ¿Te acuerdas cuando estuvimos en tu casa y hablamos con Dios y después de hablar con Dios nos fuimos? Claro que te acuerdas. Bien que nos lo reprochaste. Como a los hermanos judíos aquella noche en El Faro de Las Américas su godismo militante. “¡Independencia!”, gritaste. No te echaron gracias a Gladys -mujer por los cuatro costados, y guanche pura-, tu hada madrina esa noche y muchas noches que tú no sabes. A partir de ahí, te hiciste correligionario de Urko -nuestro bilbaíno del pueblo, o lo siento, del barrio- y clamabas con él por que resplandeciera la bandera de las siete estrellas verdes todos los días de nuestra vida. Ay, amigo, si hubieras triunfado con tu aullido cuando estabas por aquí, no te hubiese soportado ni el médico chino. Ahora que nos dejaste, para ir a enloquecer al diablo o a San Pedro, nos quedamos con tu coraje, con tu valentía, con los episodios que suelo recordar con Fernin cuando visito San Andrés y me aposento en la barra del Monterrey, sin preguntarme qué hago yo aquí en esa barra.

Habrías llorado si hubieses estado el otro día en la librería del Cabildo. Recitamos poemas tuyos y cantamos en tu honor. Nuestro amigo, el capitán Marcelino, dejó en el aire un acertijo que tú planteaste en tu último libro editado -lo presentaremos en la tercera semana de noviembre. ¿Es el color rosa del vino la sangre de la vid o la sangre de la rosa?
Todavía estamos intentando saber la respuesta. Y compartir tu tiempo y tu silencio con cada crepúsculo y cada miedo, para mantener el rumbo de pueblo que nos pertenece.