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En una semana > Juan Julio Fernández

   

No fue un debate, sino un cara a cara, según puntualizó el académico mayor Campo Vidal -¡cuánta academia y cuanto académico han surgido en España con la democracia y más a la americana que a la helénica!-, marcando las diferencias por analogías a las que hay entre una entrevista y un reportaje.

Con todo, lo seguí entero, aunque con dos lapsos -uno en el descanso y otro al final- para atender sendas llamadas de un familiar cercano casado con una centroamericana, política de casta, que lo seguían en directo y tiempo real, la primera vez para manifestar la falta de punch del candidato popular para noquear a su contrincante y la segunda para pronunciarse, ambos, a su favor, entendiendo que había actuado con más serenidad y demostrado un mayor conocimiento de una realidad adversa que, para superarla, va a exigir sacrificios y renuncias.

Debate o cara a cara me llegó a cansar, a pesar de las introducciones y la templanza del árbitro para administrar los tiempos con cierta flexibilidad a fin de que los contendientes los manejaran sin el agobio de que les retiraran los micrófonos y que, aunque con segundos árbitros de baloncesto contabilizando minutos y segundos, pareció más un combate de boxeo que otra cosa.

Los dos púgiles subieron al ring con estrategias calculadas y haciendo honor a los lemas de sus patrocinadores, uno para pelear y otro para cambiar, y el socialista, como todo aspirante al título, empezó atacando y reconociendo con ello la titularidad del adversario que, en todo momento, aparentó reservarse para dejar que el primero se fuera desgastando y perdiera fuerzas y haciendo creer a sus seguidores que, llegado el momento, le atizaría un golpe de KO, que nunca llegó, con lo que su victoria, por lo que han recogido con rara unanimidad los medios, fue por puntos.

El aspirante, ya en términos académicos y no pugilísticos, interrogó y quiso examinar al adversario, incluso de su programa -llegó a citar páginas-, intentando en todo momento demostrar que lo desconocía, aunque sabedor de que estaba lleno de ambigüedades y puntos oscuros, por lo que lo ocultaba.

Con esta táctica y atisbos de marrullería, Rubalcaba eludió explicar el suyo y no respondió a preguntas muy concretas de Rajoy, como cuando le pidió que explicara porque en España y después de las dos legislaturas socialistas, la diferencia entre las rentas más altas y las más bajas eran las mayores de toda Europa.

Y cuando quiso exponer medidas concretas para salir de la crisis, propuso tres que pasarán a una antología de banalidades: una, pedir a la UE que retrase dos años el ajuste presupuestario; otra, exigir al BCE que siga bajando los tipos de interés; y la tercera, pedir un Plan Marshall para toda Europa, con 20 mil millones de euros y asignaciones especiales para las pymes. O sea, en roman paladino, una petición de auxilio para que vengan de fuera a sacarnos del atolladero del que, por mucho que se hable de crisis global, el Gobierno y él mismo, partícipe de él, también es responsable. Con todo, cumplió con sus adeptos y se salvó de la campana.

El virtual campeón tiene envergadura, pero no demasiada cintura. Tampoco deslumbra con sus reflejos, aunque hay que reconocer que tuvo algunos, como cuando se dirigió a su contendiente con un Rodríguez y no un Pérez, soslayando el aparente lapsus con una alusión a que le valía para asociarlo a su jefe de filas, ahora El Innombrable, porque ninguno de sus hasta ahora seguidores osa mentarle.

Aún así, de resumir el encuentro televisado, diría que muchos se afianzan, por un lado, en la convicción de que asistimos a un final de ciclo y, por otro, en que puede ser mejor presidente de Gobierno que candidato, al menos con los estereotipos hasta ahora acuñados de que quien pida el voto debe tener carisma, anteponiendo este don gratuito al conocimiento y a la misma eficacia.

De confirmarse las encuestas -con todo el riesgo que supone olvidarse de que la única válida es la que sale al contar los votos y de que las urnas son traicioneras- parece prevalecer la percepción de que es preferible el cambio con Rajoy a más de lo mismo con Rubalcaba y el sosiego del primero a la crispación del segundo.

Y, acaso también, de que carisma, fotogenia, belleza y elegancia no sobran, pero no tienen por qué ser determinantes a la hora de elegir y de gobernar acertadamente.

Y sin duda lo más importante de este cara a cara sea la voluntad manifestada por los dos contendientes de anteponer, en horas cruciales, el acuerdo y el consenso a la confrontación.

Lo que de verdad importa, empezaremos a vislumbrarlo en una semana.