X
el dardo >

Estado de necesidad > Leopoldo Fernández

   

Dicen las estadísticas más recientes y fiables que en Canarias 15,2 de cada 100 hogares tienen a todos sus miembros en el paro y que más de 40.000 familias carecen de ingresos por la misma razón. No sé si estas frías cifras pueden mover el corazón de quienes más bienes poseen, o cuando menos de aquellos que tienen la obligación de atender, por responsabilidad pública, las necesidades más urgentes de los ciudadanos. Hay que ser muy malvado, muy injusto o muy mal gobernante para no prestar atención al drama social que habita entre nosotros y que nos amenaza por largo tiempo. La necesidad, casi siempre humillante y alimentadora de la vergüenza, ni tiene días de fiesta, ni admite la falta de recursos. Quizás porque todo lo no necesario parece ocioso, o porque las carencias pueden convertir a un hombre honrado en un pillo. Nietzsche decía que frente a la necesidad todo idealismo es un engaño y los fueros, auténticos verdugos. ¿Cómo juzgar la exclusión de algunas modificaciones de crédito, o la supresión presupuestaria sin más, para 2012, de una partida gubernamental de 12 millones de euros destinados preferentemente a emergencia social, vía ayuntamientos, cuando tanta gente vive en un estado de necesidad que desborda todos los límites? El socorrido argumento de que “no hay dinero para todo” resultaría inadmisible y rastrero en las actuales circunstancias de grave crisis económica. Los ayuntamientos, a los que muchos ciudadanos acuden en demanda de ayuda -para pagar la vivienda, la luz, el agua, incluso para adquirir comida-, no pueden atender tantas y tan continuadas carencias. De ahí la imperiosa obligación del Gobierno de Canarias de recortar de donde sea con tal de que los más desfavorecidos de la sociedad tengan un sustento y reciban la solidaridad de todos en forma de prestaciones de inserción, vales de comida, ayudas o lo que sea. Si antes la Consejería de Economía y Hacienda no había contemplado tan adversa coyuntura, hora es de que se ponga las pilas y recorte de donde haga falta para que los ciudadanos sin recursos tengan al menos lo indispensable -y algo más, naturalmente- para vivir con un mínimo de dignidad. ¿Acaso no siguen sobrando departamentos oficiales, empresas y fundaciones inútiles, asesores, cargos de confianza, vehículos oficiales, teléfonos móviles, dietas, pagas extras, viajes y otras prebendas a las que los políticos deberían renunciar para ofrecer un ejemplo de austeridad? Pues háganlo, por Dios, y no esperan a que los ciudadanos acaben maldiciéndolos por su falta de sensibilidad. Hacer el bien es más que una actitud caritativa; es un deber moral, una obligación fraterna, un acto de justicia.