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Frontal, pero poeta

   

El poeta Orlando Cova. | DA

JOSÉ MARÍA LIZUNDIA ZAMALLOA | Santa Cruz de Tenerife

Orlando sabía de mí, al menos, que defendía a Israel, y en un bar me provocó. Por razones ya de edad, supongo, no entré en la provocación. Nos volvimos a ver en un acto literario en un pub rodeados de amigos comunes, esta vez ya sintonizamos desde el comienzo.

Me empezó a hablar de una patología que le afectaba a un órgano, de cómo la controlaba cuando lo controlaba, me ofrecía infinidad de datos, algunos muy técnicos y asombrosamente precisos, propios sólo de médicos, y explicaciones exhaustivas del funcionamiento de ese órgano, cuajadas de pormenores dignos esta vez de expertos en análisis clínicos y laboratorios, o algo parecido. De esas cuestiones yo jamás suelo hablar, no me gusta nada y prefiero no saber. Sin embargo aquel día le escuchaba con tal atención que hasta a mí me sorprendió, por ser un tema del que jamás me apetece hablar. No era posible mi actitud receptiva y a veces hasta participativa, cuando le pedía alguna aclaración.

Me desconcertaba que alguien tuviera una relación así con su propio cuerpo, había conocido a gente, incluso yo mismo, que propendía al autoanálisis de todas sus conductas presentes, pasadas o futuras, de acciones circunstanciales, rémoras, extravíos… pero que siempre se movía en el terreno psicológico, en el que uno se tomaba por objeto/sujeto en una simbiosis perfecta, en la que prevalecía imperialmente la subjetividad del yo.

Pero tratándose de padecimientos orgánicos o somáticos, el análisis como el que me estaba haciendo Orlando me parecía imposible. Orlando se tomaba por objeto en una alteridad curiosa, el cuerpo, su propio cuerpo era objeto de su microscopio como si, en el fondo, fuera ajeno a él.

Cuando evidentemente no es así. Orlando me hablaba como si él fuera su propio médico (un médico observador y analista, no terapeuta), su cuerpo parecía merecerle el deber o la apetencia de máximo conocimiento, que lo analizaba con mirada científica. Tengo para mí que tuvo esa relación con su cuerpo de lejanía y a la vez proximidad, pero considerando al cuerpo como algo perteneciente al exterior, mientras él permanecía en su único dominio en verdad propio: la subjetividad, el interior. Era un poeta que se acercaba a la materia corrupta con la mirada de la objetividad más absoluta, mientras él se reservaba decididamente para el espíritu. Sólo entonces era cuando cabía prescindir absolutamente de la objetividad. Su lucidez e inteligencia me encandilaron aquella noche.

Pero después recapacité sobre nuestro encuentro, ya que me sentí intrigado por cómo había sido capaz de escucharle, sobre un tema que yo jamás hubiera escuchado, y en cuanto me formulé esa interrogación me contesté: por su fabulosa capacidad narrativa y humana.

(Octubre de 2011)