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Gracias a Radio El Día > Pedro Millán del Rosario

   

Puede parecer escribir sobre Radio El Día desde la competencia, pero no puedo dejar de hacer una reflexión sobre su abrupto cierre, ya que durante siete años estuve en esa casa, aprendiendo y viviendo la experiencia imprevisible y mágica que supone la radio en directo. Buena parte de lo poco que sé hoy sobre periodismo se lo debo a esa casa y a sus profesionales, y uno debe ser agradecido y tener memoria. Así me educaron mis padres y trato de ponerlo en práctica cada día.

Mi llegada a la radio resultó extraña e insólita. Conozco pocos casos como el mío. En realidad no conozco ninguno. Pepe Moreno, el alma mater de esa radio, me ofreció hacer un programa sobre rutas y senderos en Tenerife, después de una gran expedición montañera. Pepe me conoció un poco antes de irnos a una montaña de 8.000 metros en Pakistán en el año 2003. En el Karakorum cargábamos con un anticuado y pesado teléfono satélite Inmarsat que nos permitía comunicar con Tenerife a diario.

A lo largo de aquel verano eterno y gélido, nuestra soledad y aislamiento se mitigaba cuando comunicábamos con los informativos matinales de la radio o con el programa de deportes de las dos. Los locutores de la radio que nos entrevistaban aprendieron en qué consistía el alpinismo remoto, lo que era cruzar un glaciar lleno de grietas, por qué había que salir de madrugada para ascender la montaña, qué eran los campos de altura, pero sobre todo lograron compartir nuestra aventura lejana y casi anónima con miles de personas que nunca habían oído hablar ni de las montañas del Pakistán ni de aventuras en el hielo. Y poco a poco, ese contacto habitual a través de las ondas nos sacó de nuestro aislamiento y nos hizo sentir apoyados y animados por mucha gente. Fue un gran comienzo, sin duda.

Recuerdo dos momentos especiales de todas aquellas conexiones: el primero, un poco surrealista y divertido, ocurrió cuando nos llamaron en medio del descanso de un partido del Tenerife y Juan Carlos Castañeda, entonces en Radio El Día, comenzó a describirme con detalle (con demasiado detalle, la verdad) el partido y quién había marcado el gol del Tenerife, un tal Corona, creo recordar.

Yo escuchaba la proverbial e incontenible verborrea de Juan Carlos describiendo el gol de cabeza de aquel insensato, mientras me refugiaba entre unas piedras en medio del Baltoro, un espectacular valle perdido en el Norte de Pakistán, por el que discurre un glaciar imponente. Entre la extrañeza y sin saber muy bien qué decir, lo escuchaba en silencio como si estuviésemos en dos planetas distintos. Tal vez lo estábamos. La segunda vez, más emotiva, fue al final, de regreso a la civilización, cuando Pepe Moreno hablaba con Luis Adern, uno de los miembros de la expedición más machacados por aquellos días. Le preguntó cómo estaba y Luis respondió con un sincero “jodido, Pepe”, acto seguido le pusieron en comunicación con su hija y se produjo un momento único, que no creo haber vivido en otra ocasión. Su hija pequeña le susurró a miles de kilómetros de distancia: “Papá vuelve…”. Y Luis, casi dos metros de montañero duro y curtido, se echó a llorar, a los pies del mítico K2, mientras los demás lo observábamos tristes y sobrecogidos. Volvimos.

Pues bien, a la vuelta de una expedición por Alaska, el año siguiente, comenzamos a emitir La aventura de Mirar, el mejor programa de Medio Ambiente de la radio canaria, quizás el único y el más longevo, hasta que la crisis acabó con él, como ha acabado al final con tantos medios de comunicación y con tantos periodistas en el paro.

Sin embargo, la lectura es tan positiva y he podido extraer tantas lecciones y aprendizajes de mi paso por esa radio que solo pueden haber palabras de agradecimiento para la radio y para las personas que me dieron la oportunidad de comunicar mis inquietudes y mis pensamientos.

No puedo hablar de las razones de su cierre porque no las conozco en detalle, pero sí de sus efectos. Nos empobrece a todos como sociedad, y no es que seamos especialmente ricos para poder permitirnos este tipo de pérdidas. Las democracias necesitan del ejercicio libre del periodismo para que puedan ser consideradas como tales. La abundancia y pluralidad de medios de información “no contaminados” por el poder político o el económico es una utopía en regiones tan atrasadas como Canarias, a remolque de lo que pasa en el continente europeo. Tampoco digo que Radio El Día fuera un prodigio de objetividad, está claro que también jugaba sus cartas para sobrevivir, pero si que contribuía a denunciar y a plantear interrogantes que otras cadenas “más amables” se abstienen de tratar.

El éxito de Radio El Día fue estar al cabo de la calle y comunicar de forma directa con el ciudadano común, siendo en demasiadas ocasiones incómoda e impertinente con los responsables políticos que, rara vez admiten con deportividad ser cuestionados o criticados en público.

En definitiva, adiós a un medio de comunicación libre y con personalidad propia. Sin embargo, no creo que se trate de una desaparición definitiva. Esta experiencia radiofónica ha demostrado que su estilo funciona y que recibe el apoyo de decenas de miles de canarios. No me extrañaría lo más mínimo que esos mismos profesionales reciban ofertas de alguna de esas emisoras fantasma que han ganado el concurso radiofónico del Gobierno de Canarias o, mejor, de otras más consolidadas. En todo caso, vaya por delante mi reconocimiento y gratitud a todas las personas con las que compartí micrófonos, ilusiones y trabajo en una etapa muy importante de mi vida.

*Geógrafo y máster en Desarrollo Local