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Desde Andrómeda >

Habla con ella > Verónica Martín

   

Estaba allí. Hablando con ella. El día anterior al uno de noviembre. La festividad en la que las cuñadas se pelean por enramar antes el nicho de la abuela. La jornada en la que todos los cementerios se llenan de flores. Y de gente. Y él se vistió. Se puso su planchado traje azul. Ese que compraron juntos en el Corte Inglés y que ella le subió el vuelto con el mimo de una costurera sin horario, porque él era muy apuesto pero nunca fue alto (pero… ¡qué elegante!).

Pues con ese traje azul se fue a visitarla. Eso sí, se puso una gorra con visera para que el sol no le afecte en la calva que… luego, le salen esas manchas horribles y le pica. Hasta una vez tuvo llagas. Era algo que ella siempre le repetía… ¡cúbrete esa calva! Al principio, él se negaba. Pero… ahora ya no sale a la calle sin su gorra. Sus nietos se ríen de él. Le dicen que está muy moderno y que parece un rapero. Él ha aprendido lo que es un rapero… gracias a las bromas de sus nietos. Y no le disgusta esa música aunque, claro, no se puede bailar poniendo la mano en la cintura como a él le gustaba con ella.

Para hablar con ella ese día de difuntos no necesitaba flores. No requería enramar ningún nicho. No necesitaba esa competencia de vecinas. Solo quería estar cerca de ella. Contarle que los niños (siempre serán niños) están bien. Que el mayor está en el paro porque cerraron su empresa de embalajes. Llevaba años en el departamento de administración pero ya ni se embalan cosas, parece. “Yo lo veo bien, nuestra crisis sí que fue mala…”, le cuenta a ella. En voz baja, con cariño, para no preocuparla demasiado. “Seguro que encontrará trabajo, es un buen niño y sabe hasta inglés”, le insiste a ella, para no inquietarla en su sueño eterno. “La mediana, ahora se ha separado de su marido. Dice que está harta de estar sola estando acompañada. Yo no lo entiendo muy bien, pero ella dice estar feliz. Yo nunca me sentí solo estando contigo”, relata también con placidez. Al pequeño le van mejor las cosas, “le han ascendido en el trabajo y hasta se fue a Eurodisney con los niños”. La vida trascurre alrededor. El sol calienta. Las mujeres se afanan con cubos, agua y jabón para limpiar los nichos de sus familiares. Y él, allí, subido a una herrumbrosa escalera. Sin ni siquiera una florita, habla con ella. La dice que las nietas están ya tan guapas como ella y que el más pequeñito de todos ha salido gordito y muy simpático. Están estudiando todos y son muy listos. Luego, se baja de la escalera y le dice adiós.