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CUBA > UNA CONVERSACIÓN INÉDITA CON FIDEL (I)

Habla Fidel Castro

   

POR CARMELO RIVERO

Primera página de DIARIO DE AVISOS, durante la escala de Castro en Tenerife. / DA

Durante estos últimos trece años he buscado sin éxito la libreta que contenía las notas de una conversación con Fidel Castro en La Habana. Estos días, por pura casualidad, apareció entre los escombros de mi despacho.

En abril de 1998, centenario de la guerra de la independencia de Cuba y 37º aniversario del desembarco de Playa Girón (invasión de la isla por parte de más de mil doscientos contrarrevolucionarios promovida por EE.UU, que fracasó en 72 horas con detenciones masivas), subí las escalinatas del Palacio de la Revolución, en La Habana. Era tarde en la noche y nos convocaron a una cita sorpresa con el Comandante, como es norma de la casa en las audiencias con Fidel. Yo estaba al corriente de los obstáculos que suelen presidir las entrevistas personales con el hombre que ganó la revolución en 1959. Tenía noticias de ello por terceras personas y por mí mismo. Fidel, en junio de 1996, durante una escala en Tenerife, me había prometido, en el curso de una cena en el Hotel Gran Bahía del Duque, que me recibiría en La Habana y me concedería una entrevista periodística en exclusiva. Su secretario, Felipe Pérez Roque, que años después, siendo ministro de Relaciones Exteriores, caería en desgracia (la famosa purga de Roque y Carlos Lage, éste último llamado a ser el Suárez de Cuba), fue testigo del compromiso y recibió el encargo del Comandante de atender mi solicitud para programar el encuentro en La Habana, pero nunca respondió a cada fax que le envié ni llamada telefónica que le hice con aquel propósito. Ahora, casualmente, me encontraba en La Habana para asistir en el Teatro Carlos Marx al II Festival Eurotropical, organizado por el incombustible Alberto Segura (Manzana). Asistí también al estreno, en el Cine Charles Chaplin, de Mambí, de los hermanos Ríos. En las mismas fechas, se desplazó a la isla el presidente canario, Manuel Hermoso, la persona que en mi presencia había mediado ante Castro, durante aquella cena, para convencerle de aceptar la entrevista conmigo.

Subí las escalinatas del Palacio de la Revolución. En el frontispicio hay catorce columnas. Aguardamos media hora en una espaciosa sala transformada en un frondoso jardín intensamente iluminado, entre plantas exuberantes de la vegetación tropical de la isla y cuadros de Portocarrero. Me detuve a contemplar el titulado La Habana de noche. Conversamos durante la espera con el ministro de Economía y Planificación, José Luis Rodríguez, que no sé cómo acabó hablándonos de la labor de Liuba María Hevia dentro de la canción campesina. Cuando se abrieron las puertas del hall de las históricas recepciones de Fidel en el palacio y fuimos, uno a uno, saludando al Comandante, me traicionó el subconsciente y, bajando la voz y obligándole a bajar la cabeza, le dije casi al oído de modo insolente:
-“Comandante, usted no tiene palabra”.

En seguida, comprendí el alcance de mi impertinencia. El Comandante endureció el gesto de su rostro y me fusiló con la mirada unos segundos como si no diera crédito a mis palabras, dichas allí, en aquella estancia solemne donde el anfitrión era amo y señor, y yo un intruso. Confieso que me arrepentí en el acto de haber pronunciado aquellas palabras ante un Jefe de Estado en su propia casa, temí que me diera un espantón y me viera obligado a retirarme. Hay numerosos testigos de este episodio -por lo que me ahorro más detalles-. Sin embargo, Fidel sonrío, al fin, levemente, me fijé en su mano, que dejó caer la mía tras el saludo. Tenía las uñas largas y unas pocas manchas cobrizas en el dorso. Parecía recordar. Levantó la cabeza y se quedó con la mirada perdida llevándose la mano a la altura de la cara con el dedo índice en la boca. Un gesto característico de Fidel, que parece extasiado cuando se evade y fija la vista en el infinito. Le vi de nuevo los léntigos seniles en la piel de la mano y las uñas de guitarrista pulidas.

La escala tinerfeña

Volvió a sonreír y estoy seguro de que entonces ya tenía en su memoria reconstruida toda la historia, las escenas de Tenerife, su escala técnica de noche tras arduas negociaciones con el ministro de Exteriores, Abel Matutes, en el primer Gobierno de Aznar, que se resistía a autorizar su aterrizaje en la isla de vuelta de una conferencia sobre asentamientos humanos en Estambul (aún no éramos 7.000 millones), para conocer la patria de sus antepasados maternos; su improvisada rueda de prensa en el hotel, aquel interrogatorio suyo a Hermoso delante de los periodistas sobre la titularidad de las aguas que nos rodean; la escena de la cena en que me dio luz verde a la hipotética entrevista en Cuba, y la excursión al Teide, en la que me recordó: “Entonces, nos vemos en La Habana”, delante de todo el mundo. Me miró de nuevo y me dijo: “Tú y yo tenemos que hablar”, y siguió dando la bienvenida a los demás invitados. Pueden figurarse cómo me quedé.

Fidel Castro es una figura que suscita rechazos y pasiones, alguien de sobra sugerente en el plano periodístico, que cautivó a Oliver Stone, y que ha sufrido el desgaste de casi medio siglo en el poder, hasta 2006, en que renunciara por una intervención intestinal, que no resultó ser cáncer, en manos del médico español García Sabrido. Su aureola de líder de una de las revoluciones más populares y controvertidas de América Latina, junto a la mítica trayectoria del Che Guevara, ha ido languideciendo, primero por las presiones del exilio cubano en Miami y ya por último fruto de la contestación interna y la resonancia exterior de voces como la de la bloggera Yoani Sánchez, residente en la isla. No obstante, queda fuera de toda discusión la talla de este estadista del siglo XX, padrino político del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y personaje irrepetible en el concierto político internacional aun hoy, una vez apartado definitivamente del gobierno. He tenido oportunidad, como digo, de estar cerca del Comandante varias veces. Lo que aquí pretendo es dejar constancia del testimonio (material histórico, en suma) de las opiniones que recogí en mi libreta, cuando tuve, por fin, la oportunidad de hablar cara a cara con él y transcribir las preguntas y respuestas. La libreta permaneció perdida hasta ahora trece años. Confío en que el documento contribuya a dar a conocer mejor al político y al ser humano que se esconde detrás del uniforme verde olivo.

Repasé mentalmente nuestro encuentro en Tenerife, dos años antes. Fidel me había dicho durante la excursión al circo volcánico de Ucanca que allí se sentía “como un descendiente de los guanches”. Sobrecogido por el paisaje, proclamó una repentina conversión: “Dejaré una parte de mi alma flotando en medio de estos volcanes y lloraré al irme, porque me voy más canario a Cuba”. El biólogo Antonio Machado suplió, por fortuna, a tiempo las explicaciones impulsivas del gobernador, Heliodoro Rodríguez, al que traicionaron los nervios y comentó a Fidel, en un evidente lapsus, que Las Cañadas del Teide eran los restos del hundimiento de la Atlántida. Fidel preguntó si había oro en alguna mina del parque nacional, si el volcán podría entrar en erupción por sorpresa y calificó la visita de “viaje interplanetario”. El periodista Lucas Fernández le mostró un billete de mil pesetas con la misma estampa que veían sus ojos. “Quédeselo de recuerdo”, le dijo, y Fidel hizo una broma sobre alguien que llega sin cartera y se marcha con dinero. Hizo el gesto de llevarse la mano al rostro y el dedo índice a la boca en señal de silencio, y depositó la vista en el punto más lejano, el Teide: “Subíamos las montañas por la cresta, no por la base”, comentó recordando la guerrilla en Sierra Maestra. A la salida del paseo ‘lunar’, la excitación seguía presente. El coche oficial del presidente canario chocó con el del gobernador, como si le reprendiera por confundir la génesis volcánica con el mito de Platón. Recorrió Los Cristianos y Playa de las Américas y detuvo el coche para saludar a un conocido admirador de su revolución, José Alayón. Se desplazaba por la isla de incógnito, quiso subir a Vilaflor, el pueblo más próximo al cielo, que estaba a punto de tener un santo, y una vez allí, le confió al alcalde, José Luis Fumero: “Diga usted que el Hermano Pedro ha hecho el milagro de traernos hasta aquí. Porque este viaje ha sido un milagro”. Yo estaba cerca para escuchar lo que hablaban. El alcalde, mientras picaban unos canapés con una copa de vino, le dice:

- Le confieso, Comandante, que llevar nueve años de alcalde cansa.

- No se queje -le contestó sonriendo Fidel-, que yo ya llevo 37 años en esto.