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Halloween > Juan Julio Fernández

   

A unos amigos que de vacaciones paseaban hace muy poco por una localidad francesa con cierto renombre en el mundo de la gastronomía, se les dirigió alguien que al oírles hablar les preguntó si eran italianos. Al responderle que eran españoles les increpó diciéndoles “iguales o peores: muchas fiestas, muchas vacaciones y pocas ganas de trabajar”, algo que al margen de la impertinencia viene a ser un ejemplo del estereotipo con el que nos han calificado muchos de los vecinos del norte y no solo franceses.

No voy a entretenerme en sacarle punta a las pocas ganas de trabajar que nos atribuyen, cuando cinco millones de parados lo contradicen dado que quieren trabajar y dejar de hacerlo sólo en vacaciones. Pero lo que de verdad me hace pensar es que a esta presunción contribuye la larga lista de festividades, fiestas y festejos que salpican nuestra geografía y colorean de rojo nuestros calendarios.

Y a esta lista añadamos ahora la mascarada o payasada del Halloween, de reciente importación, a la que se entregan con fruición algunos de nuestros compatriotas que, encima, se jactan de que ganan adeptos, cuando las encuestas reflejan todo lo contrario, con una mayoría los que no la ven bien -superan el 70 por ciento- y los menos -en torno al 20 por ciento- que se manifiestan favorables.

Personalmente me apunto al grupo mayoritario que se reafirma en la idea de que no todo lo que llega de fuera es mejor que lo que tenemos. En este caso concreto, su aceptación me parece una muestra más de papanatismo que de otra cosa , por mucho que algunos quieren presentarlo como prueba de modernidad y progresía, cuando, si escarbamos en la historia, podemos encontrarnos con que su origen se remonta a ritos celtas con sacerdotes druidas que se celebraban ya unos 300 años antes de Cristo y que solo por los años veinte del pasado siglo se recuperaron en algunos lugares de los Estados Unidos, con calabazas sustituyendo a los originarios nabos que, convenientemente vaciados, servían a los oficiantes druidas como linternas para recorrer caminos, allanar refugios y asaltar a la gente atemorizada pidiéndole ofrendas para Samhain, el dios de los muertos, y convertirla en comida para los vivos.

Al parecer, el rito llevado a los Estados Unidos por inmigrantes irlandeses empezó a popularizarse por los años 70 y 80 del pasado siglo y, con el impulso del cine y la televisión, consiguió internacionalizarse hasta llegar, en algunos ambientes, a desplazar al Día de Todos los Santos con el que la Iglesia Católica trató de cristianizar las fiestas paganas que recordaban a los Difuntos, unos y otros con la misma intención de conectar el más acá con el más allá.

España no ha quedado al margen de esta penetración que por mimetismo y con trasfondo comercial se difunde utilizando a los niños siempre sensibles a las brujas, a los miedos y a la misma muerte presentada con tintes macabros y tratar de disiparlos o ahuyentarlos con esa mezcla de fantasía y diversión, pronto extendidos a los no tan niños, siempre dispuestos al jolgorio y a las celebraciones, con botellón incluido. Aún así, no han llegado a desplazar las visitas a los cementerios que continúan engalanándose con flores y que cobran en estos días una vida inusitada, con una mezcla de tradiciones, recuerdos y sentimientos distintos y a veces hasta encontrados.

Por el momento, siguen creciendo, algunos a costa de su recoleta intimidad y equilibrada disposición y muchos perdiendo, sin remedio, su recoleto encanto. Antonio Machado escribió que “de toda la memoria soólo vale el don preclaro de evocar los sueños” y reconozco que en los míos aparecen los cementerios de la isla de La Palma, con los muros blanqueados con cal aislando a los muertos de los vivos e infundiendo respeto y hasta temor, algo que no se da en la cultura anglosajona, donde los niños juegan en ellos y donde más ha arraigado la celebración del Halloween.

Con todo, se habla mucho del ocaso de los cementerios con la práctica de la incineración, pero, al margen de esta constatación, estoy con quienes prefieren las flores tradicionales a las calabazas importadas, que para carnavales ya contamos con los que aquí han arraigado, aunque empiecen a sufrir las menguas de todo lo que se desmadra. Y mi respeto a quienes coinciden con el paisano Domingo Acosta Guión:

No quiero rosas ni olivos
sobre mis despojos yertos;
las flores, para los vivos,
la paz, para los muertos.