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Intentos > Verónica Martín

   

La frustración es un sentimiento de esos que existen solo para que los superemos. Es como los juegos olímpicos del alma. Solo sirven para competir y batir récord. La frustración es como la mayor parte de las habilidades corporales, que se deben entrenar hasta lograr dominarlas.

Cuando uno es un bebé es incapaz de, por ejemplo, algo tan sencillo como taparse mientras duerme. El frío que le llega por sus pequeñas extremidades es irresoluble y, entonces, el niño llora y llora de frustración ante una necesidad que no es capaz de solventar pero que le incomoda. Las madres tardan pocos días en reconocer el llanto de la frustración de sus bebés y, en cuanto su pequeño esboza una queja, ya tienen preparada la batería de opciones: mantita para el frío, agua para la sed, pañales de recambio para las humedades y leche calentita para el hambre.

La frustración del bebé es muy sencilla de salvar. Solo hace falta un poco de empatía materna (o paterna).

Con los años, la frustración se vuelve más de alta competición y va dejando de lado las necesidades vitales básicas para comenzar con el complejo mundo del ser psíquico.

Los pequeños sienten esa punzada interior en cuanto ven que otros niños son capaces de subirse a un árbol casi sin esfuerzo mientras que ellos resbalan por el tronco del mismo árbol sin entender muy bien la causa de tales diferencias. La frustración aparece entonces cuando uno quiere ser algo que no puede por un simple impedimento físico.

Luego, están los niños que pronto empiezan a entender que si quieren superarse y subir al hipotético árbol (que tanto gusta a padres y enseñantes) tienen que practicar. Y lo logran. También están lo que no lo intentan y miran de reojo a los que sí. Y los que lo practican tantas veces hasta lograrlo pero llegan a la conclusión de que subirse a los árboles requiere un esfuerzo que no se corresponde con la satisfacción de la hazaña.

La frustración es un sentimiento que nace para hacernos avanzar pero es el peor de los sentimientos si no se logra superar nunca. Cuando uno pone todo su esfuerzo en algo que, tras intentarlo mil veces, se volvió imposible aparece otra vez la punzada de la frustración. Como con el árbol. Es, entonces, el momento de cambiar el objetivo. Transformar la frustración en enseñanza y el fracaso en sabiduría. Como con el árbol. Yo siempre fui niña de suelo.