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Jóvenes y violencia contra los padres > Manuel Iglesias

   

Durante el pasado año, al menos 272 padres en Canarias han denunciado a sus hijos por el aumento de la violencia en el ámbito familiar, según datos facilitados por Fundación de Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo (ANAR). La cifra de quienes padecen este problema va en aumento y es sin duda mucho mayor de la que se facilita más o menos oficialmente, porque, en general los padres aguantan hasta que no pueden más.

Según señaló el psicólogo Luis Estebaranz Prieto, responsable de la línea de atención ANAR, los padres suelen estar desconcertados sobre lo que les sucede, “porque no se pueden imaginar que sus hijos puedan llegar a este tipo de conductas”, ya que en general se percibe estos comportamientos como una acción antinatural y que contraviene las estructuras de las relaciones entre los seres humanos.

Estos padres también en muchos casos resultan heridos emocionalmente y sienten vergüenza y temor a que este hecho sea conocido por el entorno o la propia familia, no sólo por ellos, sino incluso por defender al hijo maltratador y evitarle el que la sociedad lo condene si se conocen públicamente los hechos.

Muy probablemente una parte de influencia en lo que está sucediendo con las relaciones familiares y la violencia de los jóvenes (además de las posible causas mentales en algún caso) se encuentra en los cambios en las pautas de vida y en la consideración de los valores que condicionan o dirigen las conductas en lo particular y lo general y que modifican la consideración que el ser humano tiene de sí mismo y la que tiene de los demás.

Esta violencia, además, no tiene que ser necesariamente física, sino que se plasma también en otros aspectos de diferente gravedad como desplantes, amenazas y hasta insultos, las vejaciones y el rechazo por parte del hijo de normas vitales o de convivencia propuestas por los padres, creyendo que de este modo se opone a ellos, los incomodan y causan daño. Entre ellas está también el desprecio a otros mayores, abandono de los estudios, el marcharse de casa en la adolescencia sin contar con la opinión de los padres, o el permanecer en el hogar familiar situándose de un modo ostensible al margen de la vida colectiva que en él se desarrolla.

En muchos casos, con el paso del tiempo y con ayuda profesional cuando así lo necesita el menor, se logra reconducir la situación, pero en otros, los padres viven a lo largo del tiempo en un infierno que resulta difícil romper por la fuerte ligazón afectiva con el hijo o la hija.

No existe una solución sencilla, pero quienes conviven profesionalmente con el problema, creen que casi todas pasan por denunciar lo que sucede y buscar ayuda para que quizás con la intervención externa, el chico o chica pueda ser consciente de la gravedad de lo que sucede y alejarse de la consideración de “normal” que da a unas acciones claramente anormales.