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La boca del volcán > Rafael Alonso Solís

   

Al levantarnos cada mañana, los seres humanos estamos acostumbrados a pisar un suelo de referencia aparentemente estable, una superficie plana, carente de movimientos oscilatorios y con cuyo contacto tomamos conciencia de haber vuelto a la vida real, a la jungla de asfalto y a la crudeza cotidiana. La tierra pisada es como una garantía de seguridad, un pavimento duradero que aguanta cualquier peso que le pongamos encima. De hecho, si nuestra vivienda está ubicada en el primer piso, podemos saltar sobre la cama sin temor a que se quejen los vecinos. La tierra sobre la que se asientan nuestras posesiones es sólida, rígida, duradera y no presenta indicios de cambio, ni de estar sujeta a veleidades cinéticas. El cielo es otra cosa. No solo es como un techo inmenso, como una claraboya gigantesca o como una ventana abierta al infinito, sino que, cuando le da la llorada, de sus entrañas se desprenden lágrimas de lluvia, y con cierta frecuencia retumba como si sus habitantes tuvieran una bronca inmensa o sufrieran un catarro de divinas dimensiones. Estamos acostumbrados a que el cielo cambie de estado de ánimo y rompa aguas de vez en cuando, y por eso tenemos ropa de invierno, prendas con capucha, impermeables y sombreros a los que les resbala el agua por el ala. Sin embargo, cuando la tierra tiembla nos entra, inevitablemente, un cierto canguelo. De repente, nos damos cuenta de que no sabemos qué hay ahí abajo, quién vive ahí, ni qué intenciones tiene. De acuerdo con la mitología de la jerarquización, lo de abajo está asociado literariamente a la ubicación del mal, es decir, al infierno, donde los demonios han fijado su residencia -al parecer, de forma obligada, tras haber perdido una batalla por el dominio del universo-, y donde tienen establecida la producción industrial de los inventos maléficos. Dicho de otra forma, debajo del suelo que pisamos se supone que está el lugar del cosmos donde se lleva a cabo la invención de las putadas y se hace innovación sobre las mismas. Es tanto nuestro desprecio por el inframundo, que es allí donde tiramos los excrementos, lo que hacemos a través de pozos naturales -negros, como es obvio- o mediante cisternas de diseño. De ahí la inquietud que nos atenaza cuando el suelo se agrieta y se atisba su fondo tenebroso. Más aún, cuando el volcán abre su boca y amenaza con expulsar todo aquello que le incomoda, todo lo que es incapaz de digerir, tal vez porque se lo hemos ido administrando en mal estado, como si nuestras deposiciones putrefactas se hubieran puesto de acuerdo para volver a la superficie y llenarnos la casa de porquería.