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La hora de la política > Editorial

   

El próximo 20 de noviembre se celebrarán las elecciones generales más trascendentes de las tres últimas décadas, donde no solo se determina si, a la tercera, como en el refrán, Mariano Rajoy accede a La Moncloa o, si por las insondables paradojas de la demoscopia, Pérez Rubalcaba mantiene el poder en manos socialistas, si llega la victoria clamorosa o pírrica o la derrota digna e inapelable.
No se trata de una confrontación electoral cualquiera, sino de unos comicios que llegan en medio de la crisis económica peor que recuerda la historia, tras la recesión mundial de 1929, y que, en un breve paréntesis, convirtió el estado del bienestar, el logro más notable de la democracia, en una dura pesadilla con cinco millones de parados, multitudes en el umbral de la pobreza y medidas de ajuste, con mayor o menor sensibilidad social, como única alternativa.
De estas vísperas no se intuye un clima de entendimiento para el futuro y esa es, sin duda, la peor noticia. En las actuales circunstancias no se debe gobernar a golpe de mayoría -aunque lo legitimen las urnas- sino de llegar a acuerdos de amplia base que enfrenten con decisión, trabajo e indudable desgaste los graves problemas del país, la deuda y la creación de empleo, en primer lugar. Se necesita fijar, con objetividad y justicia, las prioridades sociales y anteponer su atención a cualquier otro objetivo de gobierno. Se exige a los cargos públicos que sean rigurosos y ejemplares en la actuación y en la magnitud del sacrificio para poder exigirlo a la ciudadanía; que apliquen medidas correctivas que eviten el obsceno ejemplo de las indemnizaciones millonarias de los ejecutivos de las entidades de ahorro y bancarias con la dramática realidad de los desahucios diarios; que sean, sin excusas ni trapantojos, espejos dignos de una sociedad desmoralizada que desconfía de sus representantes públicos y demanda regulaciones de los sectores estratégicos y normas de buena gobernanza.
Los electores españoles y, en particular los de Canarias, donde la crisis registra matices peculiares por nuestra particular dependencia exterior, no entenderían que, en estas horas, con datos y cifras que convierten al estado en un problema de alto riesgo, los partidos antepongan a esa prioridad insoslayable sus intereses propios: la alternativa conservadora que anticipan las encuestas, la sorpresa de una recuperación socialista, descartada por los institutos de opinión, y el lugar al sol que, entre ambas grandes fuerzas, buscan las formaciones con vocación e implantación territorial.
Con una Europa frágil, vulnerable y, lo que es peor, con signos evidentes de insolidaridad, con dramas cotidianos que es imposible e inmoral ocultar, se exige un ejercicio de patriotismo que supere las sensibilidades partidarias. Más allá de los resultados del próximo día 20 de noviembre, la hoja de ruta de un país en una dura encrucijada exige diálogo y colaboración leal para servir al clamor ciudadano, evitar su imparable desafección de la política y ver y sentir a los partidos como problemas en lugar de los instrumentos legales para solucionarlos. Es la hora de la política, con mayúsculas, cuando, como dijo Winston Churchill, “el político se tiene que convertir en estadista y comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

[apunte]Esta semana la capital chicharrera volverá a contar con uno de sus símbolos más emblemáticos: el hotel Mencey. El clásico establecimiento volverá a convertirse en un referente de una ciudad que cada día quiere buscar nuevas formas de reinventarse. Una ciudad que ha explotado aún tímidamente su capacidad turística pero que, con iniciativas como ésta, es muy probable que logre atraer a un público selecto, con una interesante capacidad adquisitiva. El éxito del turimo de cruceros puede ser un importante revulsivo para potenciar la capital como atractivo turístico en una oferta claramente diferenciada de otros destinos de Canarias más centrados en el Sol, la playa, el deporte o la naturaleza. Santa Cruz de Tenerife es una capital que nada tiene que envidiar a otras muchas tanto nacionales como internacionales. Una capital con infraestructuras culturales, con locales de restauración, con una buena cantidad de establecimientos de consumo que pueden, perfectamente, cubrir las expectativas de los visitantes.
Bienvenido entonces la reapertura del ahora Iberostar Gran Hotel Mencey. [/apunte]