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La izquierda volátil > Francisco Pomares

   

Lo más llamativo de los resultados electorales del pasado día 20 no es que el PP ganara por goleada. La victoria del PP era algo cantado desde hacía meses, algo sobre lo que existía unanimidad en las encuestas y las percepciones ciudadanas. Lo realmente destacable es que esa aplastante victoria del PP se ha producido sin que el PP mejorara extraordinariamente sus apoyos electorales de 2008. Decir esto hoy, cuando todo son celebraciones y parabienes para los ganadores, requiere una explicación: no se trata en absoluto de minusvalorar una victoria tan abultada como histórica, sino de señalar que ésta se produce no por un aumento extraordinario de los votos al PP, sino por el brutal derrumbe del PSOE, que perdió a más de cuatro millones de sus votantes tradicionales. El PP ha obtenido gracias a ese derrumbe la mayoría más amplia de su historia, y lo ha logrado sumando sólo medio millón más de votos que en las pasadas elecciones generales. 10.278.010 votos en 2008, y 10.785.364 ahora. Otro dato curioso: el PP ha logrado esta aplastante mayoría logrando casi medio millón de votos menos de los que obtuvo Zapatero en las últimas elecciones generales, en las que -paradojas del sistema electoral- el PSOE quedó bastante lejos de la mayoría absoluta. Analistas y comentaristas se refieren al tsunami del PP, pero más que una gigantesca oleada de apoyo popular al PP, si esa ola azul ha entrado hasta el fondo de las playas del poder ha sido porque no había resistencia alguna que oponerle. Por eso, al margen de la lectura política final de los resultados, que tiene que ver más con los escaños que cada cual ha logrado, una interpretación más sociológica de las elecciones, que esté más atenta al comportamiento electoral de los votantes que al resultado final tras la aplicación de la ley d’Hont, lo que nos descubre es que ha habido algo más de dos millones de votos -de los cuatro que perdió el PSOE- que no fueron a parar a otras formaciones políticas, PP incluido. Fueron dos millones de ciudadanos de izquierdas que optaron por no ir a votar, que prefirieron quedarse en casa a cambiar de partido. Son los votos de lo que se ha dado en llamar la izquierda volátil que es -desde 1982- el voto que más condiciona los resultados de todas las elecciones generales, el voto que decide -acudiendo a las urnas o absteniéndose- quién gana las elecciones en España. Un voto sociológicamente de izquierdas, pero no militante, que es enormemente crítico con la izquierda en el poder, y que el consultor electoral César Molinas ha identificado como el resultante de la tradición del anarquismo en España. Esos dos millones de votos son los que buscaba tan desespera como inútilmente el candidato Rubalcaba con un discurso de izquierdas difícilmente creíble tras los ajustes del Gobierno. Los dos millones de votos que el PSOE tendrá que volver a seducir si quiere volver al poder.