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La letra y la crítica > Rafael Alonso Solís

   

Como parte de los corrillos de la tribu, se publica ahora la correspondencia entre una poderosa editora y sus apadrinados o asalariados -tal vez lo mismo-, y ese cruce de cartas se convierte en pura literatura, un flujo de lirismo pasado por la piedra del contrato y la factura, una muestra de amores cocinados entre el fuego de la pasión por la letra y el aceite pútrido de la envidia, entre el deseo de la gloria y la angustia del reconocimiento. Para la especie humana, crecida al calor de los relatos imaginados, de las narraciones orales y de la historia escrita, la del mundo es una mezcla de visiones del pasado y apuntes fugaces sobre los sentimientos, en la que resulta difícil separar el papel de la memoria que ha quedado apresada en los genes y la sospecha de que el futuro no es otra cosa que un arreglo novedoso de una canción tradicional, una versión actualizada de una leyenda inmensa e inmortal, latente durante toda la eternidad en los archivos akáshicos y descrita a través de combinaciones entre los términos infinitos que descansan en la biblioteca de Borges. Lo cual que el texto de los contratos y las diferencias comerciales entre editores y autores también deben ser literatura, probablemente mala, pero en modo alguno cosa menor, en el sentido que parece haberle dado a la letra escrita un candidato a llevarnos las cosas. Cuando las palabras nos alcanzan, lo hacen con la frescura de su esencialidad intrínseca y con la experiencia de haber viajado mucho, de haber probado tanto la boca de “la princesa altiva” como la de aquella que “pesca en ruin barca”, de haberse desfogado por igual en salones cortesanos como en garitos de mala muerte. Por ello reflejan una luz especial, tal vez la que proviene del origen de las cosas, y por ello no pueden ser cosa menor. Lo cual afecta también a la crítica literaria, inseparable del objeto de estudio y una meditación sobre la propia vida, según Bloom. Para lo que el crítico americano llama la “ansiedad de la influencia”, la literatura es una dura contienda entre el riesgo del poeta por acabar poseído por sus precursores y la necesidad de afirmar su originalidad, su individualidad, su capacidad para poseer una voz propia. El diálogo o la confrontación entre el autor y el crítico se convierten así en un conflicto amamantado por la subjetividad de cada uno. En ocasiones, se intenta escribir la obra que nos gustaría leer, con la sospecha de que ése es el lugar adecuado para las palabras elegidas -elegidas por ellas mismas, por supuesto-. En otras, puede que se critique tanto lo que se ama como lo que se detesta, en esa epístola permanente que uno se escribe a sí mismo para quererse un poco y mitigar el paso del tiempo.