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Léxico mar > Andrés Neuman

   

Los cuentos de Víctor Álamo no se leen: se escuchan. Se cantan a la orilla de ese otro mar que es la página. Enseguida se nos vuelve reconocible su encantadora manera de entonar repitiendo, de repetir variando: «Y con el vino vino lo peor, el principio del fin. Porque primero vino el vino y después vino el azúcar, ya lo dijimos, qué tristeza después de tanta dicha». En todos sus libros, y este es una excelente muestra de ello, resuena cierta oralidad mítica, a caballo entre la fábula social y la memoria inventada. En armonía con este tono, las imágenes despliegan un singular costumbrismo mágico. Un lirismo cuya base, y antídoto, es la observación de lo próximo: «El vuelo rasante de las golondrinas, que cazábamos a golpe de escobillón cuando zigzagueaban por las callejuelas».

Las numerosas recurrencias entre los libros del autor no actúan limitando el alcance de cada uno de ellos, sino al contrario: entrecruzando de forma placentera sus autonomías. Cada cuento aquí presente entra o sale por una de las ventanas de sus novelas. Viceversa, cada personaje de sus novelas (Campiro, Celedonia Jesús) termina desembocando en alguno de estos cuentos. Todos ellos resultan absolutamente disfrutables por separado, si bien su sumatoria desvela una trabajada sensación de mosaico, de galería rodante. Aquí bulle el vecindario fantástico (y nada ejemplar, por cierto) que puebla la amplia obra narrativa del autor. Bobos legendarios. Machos patéticos.

Mujeres pecadoras. Religiones torcidas. Milagros monstruosos. Incestos macondianos, como en “El toro suizo”. Deformidades poéticas, como la de “Omar el Cangrejo”. Un mundo atemporal y actualizado por una prosa de gozo vivaracho, por la literatura de siempre. Como si Ricardo Palma aterrizase de pronto en las Islas Canarias. O como si Edgar Lee Masters se quedase atrapado en tierras volcánicas. La forma rítmica y risueña en que se narran los sucesos más terribles, por ejemplo en “El tamaño del daño”, casi nos hace olvidar su fondo trágico. Para, inmediatamente, reconocer todo su horror en segunda instancia, igual que el rebote de una metralleta. Sólo que, en literatura, la metralleta siempre apunta hacia nosotros.

“Vino el azúcar”, una de las piezas más logradas del conjunto, con su resolución magistral y expresiva, nos proporciona quizá la clave del sistema descriptivo del autor. «Nadie», leemos, «podría ponerle nombre correcto a la naturaleza». Si la naturaleza es innombrable, nada más natural que la inquietud neologística: los títulos de los libros de Víctor Álamo (Terramores, Marmullos) resumen la actitud de su estilo. El entorno natural de estos cuentos jamás se conforma con el paisajismo. Aspiran a la metáfora, el símbolo o la paradoja. Puede decirse entonces que el paisaje aquí es complejamente romántico, en aquel sentido bidireccional que definió el poeta: «Your outside is in,/ your inside is out».

«Un oleaje embaucador, constante». Así, exactamente, fluye el fraseo de este libro. «El arrullo. Constante. Embaucador». Así vuelve a nosotros la voz de Víctor Álamo, que reescribe su isla y llena de mar el léxico.

Prólogo de Andrés Neuman para la edición de Mareas y murmullos (Tropo Editores), de Víctor Álamo de la Rosa