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Lo que viene a partir de hoy > Leopoldo Fernández

   

Más que el resultado de las elecciones generales de hoy, que la mayoría seguramente intuye, sospecho que lo que verdaderamente preocupa a los ciudadanos es el día después, lo que va a pasar a partir de que el nuevo Gobierno asuma sus responsabilidades, a mediados de diciembre.

La crisis financiera, la tormenta sobre el euro, la codicia de los mercados, el pago de los intereses de la deuda soberana -que alcanza los 700.000 millones de euros y sigue aumentando-, el paro desbocado que no cesa de crecer y los recortes de derechos que el Estado, las comunidades autónomas y las corporaciones locales ya han puesto en marcha son reflejo fiel del drama económico que vive al país.

Abortar esta coyuntura tan adversa depende de nosotros mismos antes de pedir cualquier respaldo de las instituciones europeas, como acaban de recordarnos, con cierta inoportunidad y mala uva, desde las entrañas de la Comisión de la UE.
El Ejecutivo que surja de estos comicios no tendrá capacidad de maniobra ilimitada; por el contrario, nacerá condicionado por la propia coyuntura, que ha puesto en solfa la solvencia de nuestras instituciones y obliga a recapitalizar el sistema financiero, y por los límites a los que necesariamente ha de ajustar su proceder. Y claro que pueden ayudarnos desde fuera; pero no sé si los egoísmos nacionales, los designios de la todopoderosa señora Merkel más la capacidad de convicción y de negociación de las nuevas autoridades que se hagan cargo de nuestros intereses tras el dictamen inapelable de las urnas, podrán facilitar esos apoyos externos imprescindibles para enderezar el rumbo de nuestro ruinoso existir económico.

Como la necesidad obliga y la experiencia de determinados pactos firmados en circunstancias excepcionales -es el caso de los llamados de la Moncloa, en plena transición- fue sumamente positiva y gratificante, si persisten los problemas económicos, sería de necios y antipatriotas no acudir a la rápida busca de un entendimiento entre las fuerzas políticas, económicas, sindicales y sociales. Y colocados ya en la, a día de hoy, no descartable hipótesis de una intervención, o en el obligado acatamiento de designios exteriores que condicionen la evolución de la economía española hacia una etapa de nuevos sacrificios, tampoco debería descartarse la formación de un Gobierno de gran coalición, de unidad o de salvación nacional, como se prefiera, por mucha mayoría que pudiera obtener el partido vencedor de las elecciones de hoy.

No sé si este dramático panorama llegará a consumarse, aunque obviamente no deseo que suceda jamás. Pero el buen político -y Rajoy y Rubalcaba lo son- ha de ser pragmático y previsor. Y si la coyuntura lo demanda, ha de acudir a la búsqueda de fórmulas y acuerdos fabricados entre todos, o cuando menos entre muy amplia mayoría, dejando a un lado las altas dosis de individualidad acreditadas en nuestra larga historia como nación, ya que suelen propiciar resultados nefastos para los intereses del país. En cuestión de días, en todo caso de un mes, el nuevo Gobierno deberá acabar con los voluntarismos y pasar a la acción para devolver la confianza a los mercados, a los inversores, a Bruselas y a la propia sociedad española.

No existen varitas mágicas, ya sé, pero sí un abanico de medidas de ajuste, austeridad, eficiencia y buena gestión de las políticas fiscales y económicas, en definitiva en el manejo de los dineros públicos, que los expertos consideran imprescindibles para poder controlar el gasto aún desbocado y ajustar el déficit público a las exigencias y los compromisos ya adquiridos.

Las soluciones que hasta ahora se han ofrecido para atacar la crisis o han fracasado, no han respondido a las inquietudes y deseos de la ciudadanía, o ambas cosas a la vez. En consecuencia, se ha generado una sensación de inseguridad y frustración que los dirigentes políticos deberían acotar y relativizar para no caer en un pesimismo infundado. Las crisis económicas suelen ser cíclicas, y aunque la actual es más profunda y más global que todas las anteriores, incluido el crash de 1929, de ella se saldrá más tarde o más pronto; dependerá de los sacrificios que estemos dispuestos a realizar y de las medidas que se adopten. Lo que a mi juicio se necesita de entrada es que el alcance de tales medidas no llegue, o lo haga en la menor medida posible, a los más desfavorecidos de la sociedad, a los que menos tienen, a los que la hondura del drama puede dejar en la más absoluta pobreza. En cualquier caso, la solidaridad es el arma obligada para combatir tanto infortunio.

Parece probable que determinadas conquistas sociales sufran los efectos de la crisis, bien por reajustes aplazados, bien por las nuevas necesidades que surjan al albur de los acontecimientos; nadie sabe con certeza lo que va a pasar, aunque el panorama no invita precisamente a echar las campanas al vuelo cuando gastamos mucho más de lo que producimos. Los nuevos mandatarios políticos tienen que ser claros al respecto, dejarse de rodeos y hablarle al pueblo desde la sinceridad más absoluta, sin ambigüedades ni subterfugios dialécticos, con la ética como referencia insoslayable del quehacer público y con la moderación, la tolerancia y el afán integrador como práctica diaria. Perfeccionando los mecanismos de relación entre gobernantes y gobernados y abriendo el poder al diálogo y el entendimiento, a la fuerza persuasiva de la verdad y a la capacidad de regeneración del sistema.

Espero y deseo que tras las elecciones de hoy, con un Gobierno fuerte y capacidad de liderazgo, ganemos todos en pluralismo político porque la sociedad es más abierta de lo que reflejaron las pasadas elecciones generales. Y que ese pluralismo se tenga en cuenta para gobernar de otra manera y mejorar la calidad de la democracia favoreciendo, no dificultando, la voz y la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Los deseables consensos básicos entre partidos no tienen por qué aplastar el reconocimiento de las minorías ya que la democracia es bastante más que el gobierno del pueblo y el reino de la mayoría.

España no solo precisa acabar con la crisis y el paro; necesita también grandes corrientes reformadoras, menos intransigencias dogmáticas, un enorme esfuerzo educativo, una persecución implacable de la corrupción y el fraude, una más justa ley electoral, unos partidos con firme vocación de servicio y desprovistos de todo ropaje egoísta y de privilegio, una Justicia bien dotada y verdaderamente independiente, un regreso a viejos valores -esfuerzo, solidaridad, moralidad, respeto, etc.- y una etapa de sosiego político para revisar el funcionamiento de nuestra democracia, el patrimonio más valioso que tenemos y que es preciso defender y mejorar sobre cualquier otro, sin destruir lo mucho y bueno que hemos construido entre todos durante 35 años. Un puñado de retos para el futuro Gobierno.