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Los piratas que atacaron Canarias

   

Grabado de la destrucción de Las Palmas de Gran Canaria. / DA

HÉCTOR FAJARDO (CASO SIETE) | Santa Cruz de Tenerife

Las historias de piratas son evocadoras. Los relatos de marineros errantes sin más patria que el mar inspiran ideas de libertad, no solo respecto a las cadenas físicas, sino a las que forjan la moral. Por eso la idea romántica del pirata resulta tan atrayente, aunque el verdadero rostro de los bucaneros y corsarios no era tan amable como el que relata la ficción. De hecho, una característica común era su extremada crueldad. Canarias fue objetivo constante de los piratas. Hay constancia de que ya en el siglo XV se produjo un asalto a las Islas. Y hasta después del descubrimiento de América, no cesarían los ataques al Archipiélago. Manuel De Paz, catedrático de Historia de América en la Universidad de La Laguna (ULL) recoge en su obra, La Piratería en Canarias, ensayo de historia cultural, cientos de anécdotas relacionadas con esta modalidad de pillaje en las Islas y se trata de uno de los trabajos más completos en este campo.

El catedrático sitúa a Canarias durante el período entre los siglos XV y XVI como “el gran escenario de la piratería mundial. Fundamentalmente por su situación en la ruta de las Indias”. El primer ataque pirata documentado ocurrió en 1415. Incluso se dieron situaciones curiosas en esos ataques, un ejemplo claro es “un asalto protagonizado por piratas portugueses que se aliaron con los indígenas para atacar a los conquistadores españoles”.

De Paz insiste también en hablar de varios tipos de piratería, entendiendo al pirata como “un predador de los mares”, mientras que los corsarios como Drake o Nelson, “eran unos navegantes al servicio de sus respectivas potencias, las cuales les otorgaban lo que se conocía por la patente de corso”. No obstante, “existen datos contrastados de que los corsarios también realizaban en ocasiones actos de piratería”.

El ataque de ‘Pata de palo’

De Paz nos permite evocar el que, sin duda, fue el gran ataque pirata sufrido en esta provincia durante esos siglos. Fue François Le Cler, más conocido como Pata de palo, el que arrasó la ciudad de Santa Cruz de La Palma en el siglo XVI. En el ataque ocasionó daños considerables a diversos edificios, entre ellos el del Ayuntamiento que quedó reducido a cenizas, como gran parte de la ciudad. Ningún ciudadano sospechó que aquel 21 de julio de 1553 estaría destinado a estar marcado en el calendario histórico de La Palma a sangre y fuego. Las primeras naves fueron avistadas a las 3 de la madrugada de dicha fecha. Siete velas extendidas hacían su aparición por la zona norte de la Isla. Los vecinos creyeron que eran españoles, por lo que en ningún momento temieron mal alguno. Sin embargo, los tripulantes de dos navíos flamencos, que se habían refugiado en La Palma después de huir de esas mismas naves, aseguraron a los habitantes que se trataba de corsarios franceses. Lamentablemente nadie les creyó y los corsarios comandados por Pata de Palo llegaron a la ciudad y buscaron con ansia las riquezas de aquel lugar.

En su entrada a la ciudad asesinaron de un disparo a un clérigo que pasaba por allí y a otro vecino que no tuvo tiempo de escapar. Los franceses cargaron sus naves de alimentos y otros tesoros, al tiempo que se llevaban secuestradas a varias personalidades destacadas del lugar. Durante 13 días tomaron Santa Cruz de La Palma y no la abandonaron hasta esquilmar sus recursos. Sin embargo, antes de escapar los palmeros atraparon a un sobrino de Pata de palo y lo ejecutaron atravesando su cuerpo con una espada. Esto provocó la ira del pirata, que redujo la ciudad a cenizas.

Otro año clave fue 1599, cuando una escuadra holandesa de 74 naves llegó a Las Palmas de Gran Canaria. De ella desembarcaron más de 2.000 soldados que asolaron la ciudad durante días. Ese mismo año, Van der Does hizo lo propio con San Sebastián de La Gomera.

Inspirado en Amaro Pargo… pero, ‘Cabeza de perro’ nunca existió

Retrato de Amaro Pargo. / DA

Aunque la actividad pirática en Canarias es enorme, también se ha dado vida a bucaneros que jamás existieron. Este es el caso del famoso pirata Cabeza de perro, un presunto saqueador nacido en San Andrés cuyo apodo supuestamente obedecía a su deforme cabeza y dentadura desproporcionada y que presuntamente actuó a finales del siglo XIX. El propio De Paz dedica en su obra un capítulo a este supuesto pirata y lo hace con un ilustrativo título: Cabeza de Perro, el Pirata que nunca existió. Para el autor no es más que la invención del escritor Aurelio Pérez Zamora, “que sin duda se inspiró en la figura de Amaro Pargo para crear a este personaje”.

Con el nombre dado de Ángel García, Cabeza de Perro supuestamente era un bucanero con fama de cruel y despiadado, con serios problemas para razonar. Sin embargo, hay un suceso en su vida de marinero que lo hace abandonar la piratería. Se trata del momento en el que abordan a un navío y ordena arrojar al mar a una madre con su pequeño. El llanto del niño ya nunca lo abandonará y, herido por la culpa, decide volver a su tierra natal. Allí sería detenido y ejecutado. Además, el escritor Aurelio Pérez lo vincula con una religiosa cubana llamada sor Milagros. Por ello, De Paz considera que “es una clara influencia que tuvo en García la figura de Amaro Pargo”.

Por otra parte, no hay constancia alguna ni en Canarias ni en América de la existencia de Cabeza de perro, a pesar de lo característico de su aspecto y de sus afamadas hazañas. Ni siquiera existen documentos sobre la supuesta ejecución a la que fue condenado. Por ello no hay prueba alguna de que ese personaje existiera realmente. Lo que si es cierto, según el propio profesor De Paz, es que “existió un delincuente común apodado Cabeza de perro que actuó en los años 20”.

Por contra. Amaro Pargo sí que existió. Nacido en La Laguna en 1678, gracias a su habilidad para los negocios y el comercio hizo una fortuna que le sirvió para hacerse con numerosas propiedades en Tenerife. De Paz asegura que “para algunos de sus proyectos se sirvió de la patente de corso, lo que le granjeó una considerable fama de pirata. De profundas creencias religiosas, entabló una fuerte amistad con Sor María de Jesús, más conocida como La Siervita de Dios, que descansa en un sarcófago que él mismo cedió para su entierro.