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Maldita sea tu estampa

   

'El callejón de las almas perdidas' obra de William Lindsay Gresham. | DA


EDUARDO GARCÍA ROJAS
| Santa Cruz de Tenerife

La vida de William Lindsay Gresham es tan apasionante como la novela que ubica su nombre con letras de oro en la Literatura universal.

Lo encontramos en 1937 ejerciendo como médico en el bando republicano durante la Guerra Civil española. Cuando, dos años después, espera ser repatriado a su país conoce por boca de otro compañero de fatigas la extraña historia de un hombre convertido en monstruo que en una feria ambulante se dedicaba a arrancar cabezas de pollos vivos a cambio de alcohol.

Este episodio se queda profundamente grabado en la cabeza de Gresham, quien a lo largo de su vida intenta superar sus miedos tanteando la filosofía marxista, el cristianismo, el psicoanálisis, el budismo y las ciencias ocultas al mismo tiempo que escribe El callejón de las almas perdidas, novela que publica en 1946 y se convierte en un best seller. Tanto es el éxito que incluso es llevada a la pantalla grande al año siguiente por Edmund Goulding con Tyrone Power como protagonista.

La fama, sin embargo, termina por devorar al prometedor escritor, quien acelera su proceso de autodestrucción a base de alcohol.

Alcohol y más alcohol.
Alcohol.

Muere en la más completa indigencia en la sucia habitación de un hotel de Nueva York en 1953.

Al lado del cadáver se encuentra la siguiente tarjeta:

SIN DIRECCION
SIN TELÉFONO
SIN EMPLEO
SIN DINERO
RETIRADO.

Así lo revela Nick Tosches en la introducción de El callejón de las almas perdidas, libro que publica la editorial Sajalín por primera vez en español para todos aquellos lectores que esperan encontrar una obra que los haga temblar por dentro.

Probablemente se trata El callejón de las almas perdidas de la mejor novela que he leído este año. Y lo escribo bien: la mejor novela que he leído este año.

Además de sorprender, desarmar y angustiar, me dejó literalmente roto cuando la finalicé hace apenas unos días.

Deja muy mal sabor de boca El callejón de las almas perdidas.

Será porque es el relato de un perdedor con todas sus letras. Será porque es una crítica feroz al sueño capitalista y las ambiciones que genera. Será porque se trata de un texto demoledor contra el enfermizo afán de conseguir dinero y el miedo a no tenerlo.
Un viaje al fin de la noche cuyos capítulos, veintidós en total, están representados por los inquietantes arcanos mayores de la baraja del Tarot.

El callejón de las almas perdidas cuenta la historia de Stan Carlisle, un joven con ganas de comerse el mundo que trabaja en una feria ambulante que ofrece, entre otros espectáculos, rarezas como la de un monstruo que le arranca la cabeza a los pollos a cambio de una botella de alcohol.

Carlisle hace carrera en el circo engañando a los pardillos al explotar sus miedos mientras hace de mentalista. Una especie de adivino que vende mentiras que otros quieren escuchar.

Son estos, a mi juicio, los mejores capítulos de esta, por otra parte, extraordinaria novela. En ellos, Gresham describe a navajazos la gestación de un miserable que usa a unos y a otros para conseguir su objetivo.

La segunda parte narra la ascensión del protagonista hacia la fama como espiritista. Sus métodos para estafar a los ricos se vuelven más complejos técnicamente hablando aunque en esencia es el mismo: explotar sus debilidades, sus frustraciones, sus miserias.
La tercera entrega, la tercera entrega es su descenso a los infiernos.

El callejón de las almas perdidas es una novela inclasificable. También una novela que destila autenticidad arrolladora por los cuatro costados. Y esa aplastante sinceridad quizá sea lo que la hace tan peligrosa para el lector.

Es imposible identificarse con su protagonista, pese a que inevitablemente se le pueda comprender.

Es un hombre débil. Y sus debilidades lo convierten en un monstruo rodeado de otros monstruos por bellos y trágicamente magnéticos que resulten. Eso, sugiere el escritor, quizá sean los peores.

Su autor, William Lindsay Gresham, tiene la capacidad de mesmerizar al atribulado y desconcertado lector. Quien lee -este al menos fue mi caso- el relato con los ojos desencajados quizá porque nunca, hasta descubrir este título, había encontrado un texto mejor que hablara del miedo.

El miedo a vivir.
El miedo a no ser nada.
El miedo a los demás.
El miedo, en definitiva, a sí mismo.

Y todo ello sin poética extravagante aunque sí un inquietante experimentalismo alcohólico. Sincero por ebrio. Un grito borracho ante la nada.

Ante la muerte.

Algunas revelaciones:

“¡El mundo es mío, maldita sea! ¡El mundo es mío! Los tengo en mis manos y puedo hacer que me den lo que yo quiera. El monstruo tiene su whisky. Los demás beben otra cosa: beben promesas. Beben esperanza. Y yo tengo que entregársela. Y yo puedo dársela. Puedo conseguir lo que quiera.”

“-… les trae la música de Phil Roquette y sus Swingstars directamente desde la Sala Zodiac del Hotel Teneriffe.”

“-Mi querido amigo, ¿cuántas veces en tu vida, cuando las cosas pintaban mal, has pensado en suicidarte?

-Amigo, creo que no lo entiendes. Todo el mundo sabe que va a morir alguna vez, solo que preferiría quedarse en la tierra, y ver llorar y gimotear a sus parientes, ver cómo lo amortajan. Nadie quiere morir. Quieren que la gente llore un poco y se lamenten por ellos”.

“Un miedo sin forma ni nombre se retorcía en el interior de Stanton Carlisle. La muerte y las historias de muerte o mortalidad se abrían paso bajo su piel como garrapatas y producían una infección que le llegaba al cerebro y le enconaba”.

En fin, una peligrosa y adicitiva obra maestra.