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Después del paréntesis > por Domingo-Luis Hernández

Niños malos > Domingo-Luis Hernández

   

En el año 1976, Juan José Plans dio a conocer, en una editorial apenas conocida de España, una de las novelas más inquietantes de cuantas se conocen en este país. Y nos asiste una pregunta: ¿por qué El juego de los niños, obra maestra del posfranquismo español, ha permanecido oculta durante 35 años?

Hoy vuelve a las librerías con la misma frescura, incluso con renovado atrevimiento, dados los tiempos que nos asisten. Y vuelve a ponernos sobre el rastro de un autor que nació en Gijón en el año 1943, y que es conocido en este país por haber sido uno de los profesionales y animadores de la radio que ya no existe, con programas como Sobrenatural e Historias. Los premios recibidos (como el Ondas) lo avalan; así como avalan su actitud la profusa dedicación a la escritura como novelista policial, fantástico… y uno de los cuentistas más certeros de cuantos aquí se conocen.

Repito, El juego de los niños es una obra maestra. Y lo es no solo porque se haya adelantado, aunque no fuera reconocida como tal en el panorama mundial de la ciencia ficción, al famoso cuento de Stephen King Children of the corn (Niños del maíz), publicado por separado en el año 1977 y que formó parte de la serie Night Shift (Turno de noche) en el año siguiente. El texto alcanza fama planetaria porque dio con el argumento de una película famosa del mismo nombre, en cuyo guión colaboró King, que se estrenó en el año 1984. Algo parecido ocurrió con El juego de los niños, cuya versión cinematográfica de Narciso Ibáñez Serrador (¿Quién puede matar a un niño?), del mismo año de la edición, ocultó los valores de la novela.

El relato comienza con la entrevista de una periodista a un enigmático Premio Nobel de Medicina, personaje que asimismo cerrará el libro. Y sucede la aparición en la costa del pueblo de una serie de cuerpos mutilados y con marcas de una muerte sádica y espeluznante. Pero el centro de la historia se desarrolla en la ficticia isla de Th’a, a donde acuden para descansar el matrimonio compuesto por Malco y Nona. Él fue un antiguo habitante del lugar que se hace acompañar por su esposa embarazada con la premura de la remembranza. Lo que en el lugar ocurre es horrible, como digo; al punto de lo terrorífico con que Plans adorna el final del relato: la mujer atormentada por el feto de su hijo en el vientre y el médico que espera el veredicto del tiempo nuevo.

El juego de los niños ha de tomarse como una excelente novela por varias cosas. En lo estrictamente formal, por la precisión, la brillantez, la limpieza y por lo medido. Nos sorprende el manejo de las voces, los movimientos, las caracterizaciones, el orden y la funcionalidad espacial. Y todos esos elementos cobran sentido ahí por lo siguiente: lo conciso de sus registros. Es muy difícil encontrar en el amplísimo panorama de la literatura en lengua española un final como el final de El juego de los niños. Ciencia ficción se ha dicho para el caso, y andemos con cuidado. ¿Es eso El juego de los niños? De otro modo, podemos desconsiderar por ser lo que es una novela como Do Androids Dream of Electric Sheeps?, que se ha traducido estúpidamente al castellano como Blade Runner, en honor a la película que parcamente la contiene, y no como ¿Los androides sueñan con ovejas eléctricas? Vuelvo al asunto, ¿desconsideración por el género?

En lo temático El juego de los niños (como la dicha novela de Philip K. Dick) es asimismo excepcional. No sería extraño que, de seguir las cosas como van, los hombres de este planeta se encuentren un día en la calle para decirle a quienes se han adueñado del Estado y del Sistema “hasta aquí has llegado”. Eso es el 15 M; eso es la Primavera Árabe, después de interpretar bien qué es el primer mundo y qué es Al Qaeda. Es decir, comienza a funcionar la sospecha, comienza a tener sentido el revés, la alternativa que no sólo reduce los órdenes establecidos sino que impone lo distinto en su absoluto. Eso es lo que inventó Juan José Plans y lo dio a conocer en el año 1976, en forma de novela fantástica.

Lo de menos en El juego de los niños es que elementos circunstanciales, incluso desde posiciones ecologistas (otro punto a favor de la novela), se arrimen al panorama que Plans muestra; lo de menos es la muerte de inocentes, las persecuciones, el enfrentamiento, la destrucción malévola; lo de menos incluso es que, con el transcurso de la lectura, uno se repita que los niños del escrito son ruines y ruines de verdad; lo de más es la metáfora que el escrito contiene, la resolución, la categoría ahí manifiesta. Y eso sí que es de verdad aterrador. El hoy instaura el hecho pavoroso de que se ha arruinado la inocencia, de que se ha matado ese lucero, de que ya no existe el paraíso, de que ya ni siquiera existen los paraísos alternativos.