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No es país para cayucos > Rafael Muñoz Abad

   

Con la que está cayendo en esta España que, de cine de barrio, va camino de volver a ser de todo menos un cayuco a la vieja usanza, la que nos va a llover en estas navidades. Hace algunos meses leía estupefacto cómo la ilustrada de turno se preguntaba: ¿si ya no venían cayucos a las Islas, cuál era la razón por la que Salvamento Marítimo seguía existiendo? Más allá de que la reflexión es como para tirarte por la popa; no es menos cierto que en mucho tiempo no veremos cayucos en Los Cristianos. ¿Cómo es posible que alguien en medio de una carretera que te conduce a Mali te diga: “Zapatero no bueno; no trabajo”? Y es que hasta la olvidada África llega esta loca globalización. El sueño europeo del africano se edificó gracias a las hormigoneras de la construcción española. Una generación de jóvenes que desde alguna anónima playa de Nouadhibou enrolaron sus sueños a bordo de un cayuco. Me pongo negro bajo el recuerdo de cómo algunos torrebrunos de la construcción, personajes vestidos con esas marcas que para sus incómodos cuerpos no fueron pensadas, se jactaban de levantar adosados de extrarradio bajo el siguiente comentario: “Te traes unos morenos de esos que llegan en cayuco y te trabajan de sol a sol por un plato de lentejas…” ¿De veras que se puede ser tan miserable? Y es que muchos africanos, con los que parece que ahora compartimos el paro, dejaron atrás sus vidas para engrasar la construcción. El derrumbe de la faraónica dinastía del ladrillo español ha supuesto la vuelta a casa de muchos de ellos. Brusco despertar de aquella ilusión inicial con la que al alba arribaron a una playa andaluza o canaria. Hay otras versiones igual de desafortunadas, y es que la desvergüenza empresarial de algunos con los inmigrantes africanos es generosa. Algún señorito manchego me decía que los morenos eran buenos para la recogida de la aceituna; pero esta vez no a cambio de lentejas, sino de un plato de pisto. Y pensar que nosotros fuimos y seremos los morenos de los alemanes; siendo aquellos autobuses de entonces nuestros cayucos. Una simple cuestión de memoria, y es que parece que, según bajamos al sur, las sociedades sufren el maltrato del norte rico. La estadística es demoledora a la hora de reflejar a los marroquíes como la principal nacionalidad africana afectada por el naufragio del ladrillo. Bardem, el mismo que un Oscar recibiera por aquel No es país para viejos, me hace pensar que viejos en España ya somos, y que algunos sus ladrillos se los van a comer.

Centro de estudios africanos de la ULL | cuadernosdeafrica@gmail.com