X
el perseguidor >

Notas para Manuel González Sosa

   

Portada del libro 'Sonetos andariegos' de Manuel González Sosa. | DA

ANTONIO HENRÍQUEZ JIMÉNEZ | Las Palmas de Gran Canaria

“Su poesía se manifestó siempre con el acento personal y la íntima coherencia que delatan al poeta auténtico. Él fue -seguirá siendo- un poeta de ánimo serenamente reflexivo, repartido entre la visión de su aplacerada interioridad y la contemplación casi mística de las dos porciones más sugestivas de la naturaleza: el mar y el cielo”. Así hacías tu autorretrato, Manolo, cuando falleció tu amigo Saulo Torón, en 1974.

Manuel González Sosa, M. G., Modesto de Vera, Martín de Lairaga, B. Oliva Álamo, Juan del Arco, Félix Luján, o F. L. (que hace poco explicabas que para ti era una alusión al Fénix inextinguible y al imaginero creador Luján Pérez), P. Hincho o K. LIBAN (de «Versos en la llaga»), Ángel Aguiar de las aleluyas; Grisel, Martín Cedrés, etc., etc.; etc. Un nombre para cada ocasión, como jugando al escondite, tal que Rafael Romero Quesada. Pasaste por aquí dejando la huella de tu reflexión en cada verso, en cada renglón, en cada mirada, filósofo poeta, que pusiste en orden mágico y en palabras restañantes los problemas del ser humano.

En este momento traigo al hilo aquellas palabras de tu pregón de las fiestas de agosto de tu Guía (1976), leídas por la radio, porque no querías exhibición pública, cuando recordabas al «lejano muchacho que yo fui. Entonces estaba intacta la piedad, hoy amortecida; porosa el alma a las creencias que llegaban hasta uno, no desde las propias honduras», sino en el ejemplo de los mayores. Decías: «Al principio fue el verbo de la brisa / dialogando con Dios en el collado./ Luego, una espada que deviene arado / y el misterio del hombre aquí enraíza./ Y ya la muerte, ya la vida. Aprisa,/ la mies rompe y se abate en el sembrado,/ y ante un huerto de cruces, renovado, / un afán de mujer espera o briza;/ mientras el tiempo muele con sus dientes / de diamante la pulpa encandecida / -sangre, sudor, ensueño- de las frentes./ Mas Tú velabas ya, y era tu manto,/ Virgen de la sonrisa entristecida, / paño para la llaga y para el llanto».

Unos minutos antes, en el pregón, recordabas a tus coterráneos el recuerdo de aquel «duraznero que se alzaba, solitario y apartado, en uno de los bordes del barranco de Las Garzas y que, al parecer, criaba sus frutos solo para nosotros»: «Aquel durazno… Y busco. Y no lo encuentro./ Ni aquel cañaveral, ni la palmera / que entregaba, sensual, su cabellera / al viento que aún está. Ya cada encuentro / me acribilla de ausencias. He venido / otra vez por mi infancia y hallo el llanto,/ que habéis ido matando todo cuanto / acompañó a aquel niño que no olvido./ Pero la muerte es solo una mudanza: / todo lo acoge bajo los cristales / de su fanal la bienaventuranza./ Árboles, piedras, rostros, cuantas cosas / faltan de este paisaje, están -cabales,/ vivas- en mi recuerdo. Y más hermosas.»
«Yo soy de campo», repetías con cierta sorna; «de la insigne aldea», de esta tierra a donde vuelves, a la que amabas y odiabas a la vez. Aquel «Con permiso de Azorín. Guiacondo, 1935» lo demuestra.

En otra ocasión volviste a recordar aquello de Rilke de que «la infancia es la patria del poeta». Decías: «Guía fue, en mi caso, el ámbito físico de esa patria temporal, inolvidable. Una patria luminosa y amable; me atrevería a asegurar que enteramente dichosa. Se diría que todos los que me rodeaban hicieron cuanto estuvo en sus manos para que ningún oscuro celaje empañara la claridad de aquel paisaje matinal. […] También en Guía, y en la etapa de que hablo, se me revelaron dos pasiones que todavía siguen siendo razones importantes en mi vida: la avidez y el goce del contacto con la libre Naturaleza y el amor a los libros. De este último me contagié en aquella estupenda Biblioteca Pública de la calle de Enmedio, hoy, creo, reducida a la condición de esquilmada caricatura de lo que fue antaño.»

Vuelves, en este escrito, a recordar «la desaparición» del duraznero y transcribes de nuevo aquel hermoso soneto, con -todavía- levísimos cambios en la puntuación. Más adelante, en Sonetos andariegos, transmutarías más elementos del poema, pero quedará casi intacto su meollo. Lo que recibiste de los tuyos entonces -«bondad, sentido de la belleza, voluntad generosa, curiosidad insaciable, incluso algún humilde destello de sabiduría»- sigue y seguirá vivo ahora, en tus hermanos y en tus sobrinos; y, de seguro, se seguirá transmitiendo a sus descendientes.

Bueno, ya está bien, Manolo. Solo una última confidencia. La secuencia de todas estas palabras tuyas que te he recordado hoy se la debo a una carpeta que, religiosamente, me entregó Calaya, cuando presentía su oscuridad. Me atreví a abrirla hace unos días. Por último, y no te carcajees sonoramente, me repito aquella hermosa vaciedad de otro poeta, que tú aconsejabas recitar en momentos de apuro: «Serenidad, Señor, cadencia y trino».

Hasta luego. ¡Ah!, se me olvidaba. Nuestro amigo Andrés Sánchez Robayna, presintiendo este momento, me ha encargado que te dijera también su «Hasta luego». Y gracias por tu ejemplo.

Antonio Henríquez Jiménez, Leído por su autor en el acto de dispersión de las cenizas de Manuel González Sosa en el barranco de Las Garzas (en Guía, Gran Canaria), el 2 de noviembre de 2011