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Patitas > Alfonso González Jerez

   

Es fama que las mentiras tienen las patitas muy cortas. Quizás sea un error de apreciación convertido en apotegma. Hay mentiras tan interminables como las piernas de Cyd Charisse y tan robustas como las de Rafa Nadal. La mentira, sin embargo, disfruta de un especial estatus epistemológico en la actividad política. La mentira, en la actividad política de los regímenes democráticos, es una suerte de ficción hasta cierto punto consensuada entre el político y el ciudadano. El político suele saber que el ciudadano suele saber que lo está embaucando -con una mentira diminuta y ocasional o con una auténtica y envolvente falsedad- pero sigue practicando el embuste porque, en realidad, no tiene otro remedio: es imposible corresponder de otra forma a la visión romántica de la política que alimenta el difuso democratismo ambiental. Porque se supone que el político debe ser simultáneamente capaz, eficiente, inteligente, tolerante, agradable, diligente y desinteresado. Observen a su alrededor y analicen, entre sus amigos y compañeros de trabajo, cuántos individuos cumplen con tales requisitos, y quizás se comprenda entonces la inevitabilidad de la mentira en el ámbito de la política y la gestión pública.

No obstante, existen momentos críticos en los que la mentira, como instrumento de acción política tolerable, se reduce a un gesto macilento, inútil y potencialmente autodestructivo. Es lo que ocurre ahora en medio de una crisis política, económica y social formidable. La mentira queda desactivada como dispositivo de mediación entre el político y la realidad. La mentira ya no te protege de la realidad, sino que actúa como un imán por el que la realidad acude a ti ensanguinada y te arrolla sin contemplaciones. Cada día que pasa los gobernantes europeos, españoles y canarios comprueban que las patitas de sus mentiras son más y más cortas. En la actualidad cualquier gobernante europeo se sienta sobre un euro y le cuelgan los pies. Quizás ocurra lo de siempre, que no conocemos la verdad, pero está claro que la mentira ya no vale nada tampoco. Rajoy insiste en que no retirará un céntimo a los servicios públicos y asistenciales y se quedará sin pies para caminar en menos de un trimestre: para entonces reptará sobre su mayoría absoluta. Paulino Rivero proclama que las farmacias canarias están cobrando puntualmente del Gobierno regional cuando se les adeuda casi seis meses y tal vez suponga que con ese titular podrá evitar la contaminación de la sucia y repelente realidad un par de semanas, tres días, una tardecita, diez minutos. Se equivoca. Ya ha terminado la cuenta atrás. Isabel I de Inglaterra, en su lecho de muerte, ofreció la mitad de su reino por un instante más de vida. Ya no les queda ese recurso. Todos los reinos están embargados. La mentira también.