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Por el Sahara: arena en los bolsillos (X) > Rafael Muñoz Abad

   

Dejé Nouakchott y su armonioso desorden bajo una tarde donde no es que hiciese calor; lo llovía. Por delante, una recta de casi quinientos kilómetros se antojaba como la última oportunidad para que las apocalípticas predicciones del señor cónsul se materializaran y me secuestrase Al Qaeda. Dejé Mauritania sin afeitarme; sucio y sin un duro en los bolsillos; y es que esas obligaciones que nos han robado los sueños exigían ya mi pasaporte de vuelta a la jaula del canario. Es curioso cómo el occidental llega a África temeroso; y lo que es peor, disfrazado de coronel Tapioca; abandonándola como un pordiosero feliz y triste a la vez; paradójicamente, compartiendo vuelo con africanos que visten sus mejores galas.

Dejé Mauritania en un extraño vuelo de Nouadhibou a Las Palmas. Silencioso trayecto interior, que, durante dos horas y media, discurrió gobernado por un llanto mudo a causa de lo que atrás se quedaba en forma de las tensiones de El Aaiún; la hospitalidad saharaui; la inmensidad del desierto; el eterno verano de Villa Cisneros; las conversaciones con Mariano en Dakhla; los interminables viajes en coches destartalados en medio de la nada; el tren de hierro y su loca aventura nocturna; Chinguetti y sus cielos; un mar de arena naranja con cada atardecer; algún atracón de dátiles; los despeñaderos de Adrar; el bullicio de Nouakchott, y ya en la prisión del avión, la densidad de unos recuerdos que sobre el tapete de las remembranzas se desperdigaron al divisar esa recta de mil kilómetros que une El Aaiún con Nouadhibou. Dejé la arena para perderme en la niebla de Los Rodeos. Muchos momentos de retiro los lleno pensando en Mauritania, donde otra patria chica tengo; en la autenticidad y nobleza de sus gentes; en lo abrumador de sus vacíos henchidos de soledad; en la generosidad de mi amigo Brahimm; pero, sobre todo, en lo reconfortante de sus silencios. Dejé Mauritania con arena en los bolsillos y no pienso lavar el pantalón. Les confieso, ahora que nadie nos escucha, que facturé una botella llena de arena que en un cuenco vacié. Arena milenaria y vieja; líquida al tacto, donde raro es el día en el que en ella no me lavo las manos. Mauritania…

* Centro de Estudios Africanos de la ULL | cuadernosdeafrica@gmail.com