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Por el Sahara: Nouakchott (IX) > Rafael Muñoz Abad

   

Nouakchott es la capital de Mauritania. Una urbe joven que bajo las directrices de la administración colonial francesa, y con el objeto de dar un impulso al nacimiento de la incipiente Mawritaniyya, se desarrolló ya muy a finales de los años cincuenta. Aún bajo el recuerdo de la magia que envuelve la ciudad santa de Chinguetti, salí de Atar rumbo a la capital. La segunda carretera asfaltada del país es una alfombra desenrollada de casi quinientos kilómetros. Ruta gobernada por un dialecto de guiños de luces que sólo los conductores mauritanos conocen, y donde salirte de la carretera forma parte del guión. Nouakchott es un animal urbano edificado bajo la planificación de los contrastes más extremos. Despedida del Magreb que anuncia el inicio del crisol de colores que es el África negra. La ciudad es un hervidero de mercados: el del carbón vegetal; el de la fruta; el de los imperecederos Mercedes 190; el de la madera; el de la platería, y el más impresionante de todos, el de la pesca. El atardecer coincide con la llegada de los pescadores a una playa infinita. Cuchillo atlántico de blanca arena al que mil cayucos arriban rebosantes del plateado y saltarín fruto del árbol de la mar; senda de arena y conchas que tras el horizonte parece caer, y, a la vez, remanso donde las parejas escapan de los estrictos códigos nupciales. Las amplias y modernas avenidas que atraviesan la capital intentan canalizar un tráfico que, a ojos del occidental, es la definición perfecta del caos; cruces tupidos por el colesterol de un denso y descontrolado trajín de coches; rotondas donde puedes entrar y tal vez no logres salir jamás; en resumidas cuentas, un videojuego donde burros, coches y personas comparten un ágil código de circulación común. A diferencia de España, que los metimos en los parlamentos, los burros en Mauritania aún desempeñan una inestimable labor. Las suntuosas delegaciones de los estados del Golfo Pérsico anuncian que éste es otro mundo. Aquí manda el alifato; a pesar de que Pekín haya edificado una delegación con puertas que a mí de oro me parecieron. De los cónsules españoles, y tras lo escuchado en Nouadhibou, mejor ni hablamos. Ante mí, orgullosa y rascando la panza del cielo con sus góticos minaretes la gran mezquita saudí se erige. Y de nuevo vuelvo a comprender por qué África es el paraíso del mirón. Teatro donde lo cotidiano se vuelve representación; y es que no hay mayor droga en vena que sentarse a ver cómo la vida deambula. La hospitalidad saharaui llega hasta tan al sur. A Mela y su familia agradezco el gran recibimiento. “¿Eres de Tenerife?;… allí está mi hermana y mi hija, que es doctora en San Isidro…” Qué pequeño es el mundo.