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POR QUÉ NO ME CALLO >

R vs. R > Carmelo Rivero

   

En la distancia corta, Clinton resulta un político pánfilo. Me dio la mano -una mano ingrávida que desmontaba la imagen del que fuera amo y señor del mundo- y era inevitable componer mentalmente su biografía en la cima del poder, Monica Lewinsky incluida, mientras te saludaba esponjosamente tras hacerlo millones de veces sin el mínimo esfuerzo. Una vez en escena, el de la mano etérea se transformó en el personaje catódico. Los políticos son animales escénicos, actores en toda regla. El carisma es oportunista: se acerca al que acaricia el poder. Zapatero lo perdió cuando pasó a la fase póstuma. Rajoy ya levita nimbado de una corona de luz que ni Obama. Son los prolegómenos de la presidencia: cuando habla, se hace un silencio -él lo nota y se infla- que señala que ya manda de antemano. Llega crecido al debate de esta noche con Rubalcaba (R vs. R) que aparentaba (intimidaba) más como ministro de Interior que como candidato interiorista (rediseñador de la deconstrucción), tenía más hechura y Sitel, que impone. Un debate novedoso en las mejores manos (las de Campo Vidal, de la Academia de Televisión): duelo de secundarios veteranos -cantera al revés- para salvarnos de la crisis. Antes se divinizaba el debate político -oficié de moderador en Radio Club desde la transición bajo lupas-, ahora una encuesta del CIS lo reduce a una pantomima. Pero nada borra los debates legendarios televisados: desde el Nixon-Kennedy en blanco y negro de hace medio siglo, al González-Aznar del 93.

La noche de la víspera, González sufrió un vuelo abortado Las Palmas-Madrid, por una despresurización en la cabina, y apenas durmió. Aznar estuvo glacialmente frío y eficiente en el manejo de datos y ganó el primer debate de dos, aunque perdió las elecciones. El caso de Nixon es para enmarcar. Llegó desmejorado al plató, tras dos semanas de hospital por la lesión de una rodilla, no paró de parpadear nerviosamente y sudó a la vista de todos -el Talón de Aquiles de la televisión-, para colmo renunció al maquillaje, frente a un Kennedy bronceado en la azotea del hotel, sereno y pigmentado para la ocasión. Por la tele, venció el joven senador demócrata camino del martirio de Dallas, y, sin embargo, por la radio ganó Nixon, con mejor voz que presencia –justo lo contrario que su oponente-. En realidad, John Kennedy se moría de miedo, pero lo supo disimular. Los debates son parte del embuste contemporáneo de la política. El Solbes-Pizarro sobre la crisis es antológico. Lo deplorable del formato vigente es que sólo debaten los asesores. Los candidatos no.