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Recordando el barrio

   

Cuatro de las componentes del consejo de sabios de La Candelaria, durante el acto. / FRAN PALLERO

J. F. JURADO | La Laguna

“Nací en barrio. Mi padre hacía jabón y también carbón, y mi madre se encargaba luego de venderlo. Todavía tengo en casa el peso con el que se acuñaban los jabones con la marca Nivaria. Pese a que mi padre se quedó ciego cuando yo tenía nueve años, tuve una infancia muy feliz”. Así recordaba ayer su niñez Cayaya, una de las integrantes del consejo de sabios creado en La Candelaria, con el fin de rescatar y documentar el pasado de esta zona residencial de La Cuesta, que hasta 1948 se llamó El Becerril.

Cayaya y otros siete veteranos vecinos del barrio fueron los protagonistas de la primera jornada del tercer ciclo de conferencias organizado por la Asociación de Vecinos San Román, con la colaboración del Ayuntamiento lagunero y la ULL, en el marco del plan comunitario Vecinos al Proyecto, que durante cinco lunes consecutivos tiene lugar en el espacio multifuncional de la Estación del Tranvía. El director académico del proyecto, el profesor universitario Vicente Zapata, entrevistó uno a uno a los miembros del consejo de sabios, quienes, con la ayuda de diapositivas de la época, recordaron su infancia en La Candelaria e hicieron reír y emocionar al público presente en el acto.

“Hubo un día que llegué a vender 514 panes; ahí está mi hijo que lo puede confirmar”, contó Lala, bastante conocida en el barrio por ser una de las primeras tenderas que tuvo La Candelaria. “Allí vendíamos de todo. Una lechera que bajaba de La Esperanza me traía muchas manzanas y peras. También vendía ropa y juguetes, que me traía un señor de Güímar. Pero lo que más se vendía era bebida. Ahora, mi hija ha abierto una tienda y también le ha puesto de nombre Lala”, narró orgullosa.

El primer colegio

Concha fue otra de las vecinas que tomó la palabra durante la jornada de apertura de este ciclo de conferencias, coordinado ayer por César Barreto. Habló sobre los niños de su época. De las fiestas de cumpleaños de entonces y de lo que bien que se lo pasaban “jugando en la calle, pese a que no había plazas ni campos de fútbol”. “Ahora todos tienen internet en casa y cuando cumplen los 18 años ya tiene hasta coche”, aseguró.

Carmita, por su parte, recordó lo mucho que costó contar con un colegio en el barrio. Aquella batalla la vivió ella en primera línea. “A través de la asociación de amas de casa Atlántida insistimos muchísimo y, al final, lo conseguimos. Pero no a todo el mundo le gustó la idea y había gente que le lanzaba piedras al colegio”. Aquel primer centro educativo se llamó García Escámez y se hallaba junto a las antiguas cocheras del tranvía. Carmita también se refirió a los hábitos de la juventud de entonces: “La distracción era pasear por la carretera hacia el Sur. Los bailes eran muy sabrosos. Mi madre siempre nos acompañaba. La orquestas de Arafo eran las mejores”, señaló entre risas.