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Recortes culturales > Luis Alemany

   

Resulta muy difícil enfrentarse al drástico recorte económico que los nuevos presupuestos autonómicos de Canarias han decidido establecer con respecto a la Cultura, porque hacerlo supone incidir en territorios sumamente complejos, y contradictorios; hasta el punto que el catedrático de Economía José-Luis Rivero Ceballos, comentaba (en un debate al respecto en el que intervine, junto a otros profesionales del oficio) que el ahorro que tal radical reducción económica lograría, para el erario público, sería mucho menos que irrisoria, por no decir nula; lo cual nos llevaría al tema -más que espinoso- de la consideración de la Cultura como un bien público, susceptible de financiación política, y -sigo citando la opinión experta- plantear si resulta coherente el flagrante desequilibrio entre la reducción presupuestaria del 67% para obtener un ahorro del 0,07%.
Posiblemente las múltiples contradicciones que el territorio de la Cultura plantea, comienzan desde su epistemológica naturaleza, que nos obliga a decidir cuáles son los límites de tan amplio espectro, que va desde las ciencias hasta las artes; dentro del cual se debería contemplar equitativamente (pero nunca -claro está- por igual: es imposible) una biblioteca, un museo (de Antropología, de Pintura o de Carnaval), un concierto musical (sinfónico, de jazz o de rock), un espectáculo teatral, o una conferencia de Numismática; la inmediata consecuencia de cuya indiscutible diversidad sería la inevitable discriminatoria atención que debe merecer cada una de esas manifestaciones, por parte de los gobernantes que se comprometen a administrarlas, tanto desde la perspectiva cualitativa de su valoración, como -¡y aquí surge el lío!- desde la perspectiva cuantitativa de su sufragación. Posiblemente la más grave falacia que suelen plantear las políticas culturales gubernamentales, es que sus miembros se ven comprometidos a llevarlas a cabo sin creer totalmente en ellas, confundiendo -en la mayor parte de los casos- el culo de la subvención con las témporas del servicio público, contemplando despectivamente la adquisición de un bien cultural con una limosna; lo cual nos llevaría a plantear la doble -y sumamente contradictoria- perspectiva que presenta la rentabilidad de un producto cultural: al igual que sucede con la rentabilidad de los productos sanitarios y educativos, la cultura necesita comercializarse rigurosamente con dinero público, pagando razonablemente a sus profesionales, porque es la única manera de que sea socialmente rentable.