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Repartirse los restos > Francisco Pomares

   

El Banco Central de Francia -de Francia, no de Italia- anunció el miércoles que la economía gala -la segunda en importancia en la zona euro- no crecerá en el cuarto trimestre de este año. En el tercero, la estimación ha sido de un crecimiento del 0,1 por ciento, o sea, más o menos la misma nada que aquí. Pero mientras eso ocurre, mientras Francia se incorpora a los crecimientos de la economía de Zapatero, la señora Merkel y el señor Sarkozy andan a la zorruna montando un plan para disolver la Europa que conocemos, convencidos de que la solución para sus dos países es cerrar la Unión Europea por liquidación. Lo cierto es que no van a presentarlo así: lo que harán será crear una nueva eurozona, en la que estarán los países más solventes del euro que deseen estar (quizá no sean todos). Probablemente se acabe por volver a las viejas fronteras del primer Mercado Común. Es casi seguro que la mayoría de los países latinos, la periferia y los ex soviéticos no puedan -o no quieran- entrar en ese selecto club francoalemán ampliado.

Eso no va a ocurrir hoy ni mañana, pero va a pasar más pronto que tarde. Antes veremos desmoronarse por completo la economía italiana, provocando una quiebra con efectos quince veces más devastadores que los de la de Lehman Brothers, y veremos cómo esos mercados que son incapaces de resolver la crisis se llevan a los diablos un gobierno tras otro. El hecho es que cambiar de gobiernos no va a servir para resolver nada. Si algo ha demostrado esta crisis global es su autonomía de las decisiones políticas. Pero los cambios producen una extraña percepción de movimiento y actividad, la sensación de que hay voluntad de afrontar los problemas. Para alguien normal y corriente, alguien que se levanta todo los días (más bien temprano) para ir a trabajar, alguien que cobra un salario casi seguro que insuficiente a fin de mes (o un poco más tarde), alguien que es muy consciente de lo difícil que se le está poniendo todo, resulta muy desconcertante ver tan sonrientes en los carteles y tan airados en los mítines a estos señores que hoy se pelean públicamente por hacerse con la dirección del país, prometiendo que tienen milagrosas fórmulas de Fierabrás para darnos más, para quitarnos menos y para que todo funcione cada vez mejor. Lo cierto es que resulta muy difícil saber por qué se pelean, qué es lo que buscan, qué esperan encontrarse cuando lleguen al poder, qué piensan que van a poder hacer con los pocos restos de aquella enorme y despreocupada cuchipanda de hace tan sólo unos pocos años.