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Ruth y José: van 42 días > Miguel L. Tejera Jordán

   

Hace 42 días que los niños Ruth y José desaparecieron de un parque público de Córdoba sin dejar rastro. Y me parece inquietante que la Policía española, equipada, modernísima y eficiente, no tenga entre manos ningún indicio de qué ha podido pasarles.

Los ciudadanos estamos asistiendo atónitos a una doble desaparición de menores que no ha podido ser esclarecida después de 42 días. ¿Cómo puede ser que toda una legión de policías expertos se encuentre tan despistada con este caso? ¿Por qué dan tantos palos de ciego, buscando un día sí, y el otro también, no se sabe bien qué, en la finca o fincas de los abuelos paternos?

Una cosa está clara: los niños no se marcharon solos. Y si no dieron ninguna señal de alarma, es obvio que conocían y se fiaban de quien se los llevó a cualquier parte. Haya sido o no el padre quien los escondió, aunque fuera con ayuda de un cómplice, a estas alturas ya debería saberse. La Policía dispone de recursos suficientes (y no me estoy refiriendo a la tortura, por supuesto) para saber si el señor Bretón está ocultando algo muy grave. Le sobran métodos, especialmente sicológicos, para inducir a cualquier imputado a que declare. Pero no han conseguido nada. La Justicia se ha limitado a encerrar en prisión al padre, pero pronto tendrá que soltarlo, especialmente si no aparecen los niños. Sin pruebas, no hay cargos para mantener a Bretón entre rejas.

Además, mucha gente tiene la impresión de que algo raro está flotando en el ambiente en este caso, sobre todo por la mala relación previa de los progenitores. Me resulta muy incómodo contemplar a un padre acusado, pero sereno de los pies a la cabeza, incluso en la cárcel, donde ya ha pedido los mismos privilegios que los demás internos (a lo que tiene derecho); y a un tiempo descubrir que la madre de las criaturas no ha dado la cara. Hasta la fecha, sólo hemos conocido los puntos de vista de la familia materna a través de una portavoz parca en palabras y escurridiza. Cuando, en circunstancias parecidas, muchas madres estarían llorando desesperadas, clamando por el paradero de sus hijos, e implorando su inmediato retorno a casa. La Providencia me libre de estar acusando a nadie. Lo más seguro es que la madre de los pequeños esté destrozada por dentro, recluida en su casa y sin ganas de ver a nadie. Pero insisto en que hay algo que no encaja: que en un parque público de un país occidental, moderno, en horas diurnas, dos menores de edad, hermanos, desaparezcan de la faz de la tierra como por arte de magia, resulta estremecedor. Y mosqueante.

De otra cosa estoy seguro: a los niños no se los llevó ningún platillo volante dirigido por extraterrestres.
O fueron secuestrados por ajenos para fines que me ponen los pelos de punta… O están vivos en manos de alguien que les conoce y que es conocido por los menores. Y si es así, hay que averiguar quién del entorno, del padre o de la madre, amigos o familiares, pudiera estar implicado como cómplice. No me malinterpreten: prefiero elucubrar y encontrar a los niños, mejor vivos que muertos, que no hacerlo y que nunca sean hallados.

Que me perdonen los funcionarios de la Policía Nacional que están llevando el caso. Pero, o se dan prisa, o terminarán haciendo un completo ridículo. Mayor del que ya han acumulado con sus idas y venidas por aquí, por acullá y por el otro lado, volviendo siempre a comisaría con las manos vacías.