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El poeta Orlando Cova. | DA


JOSÉ RIVERO VIVAS
| Santa Cruz de Tenerife

Creo haber leído, hace mucho tiempo, en Ortega y Gasset, que las generaciones suman aproximadamente veinticinco años. Entre Orlando Cova Adrián y yo hay unos veintitrés de diferencia, lo cual nos define como de distinta generación. No obstante, el hecho de ser de San Andrés, y pasar nuestra infancia en época de escasez y vicisitud, situación más atenuada en su niñez, teje cierta afinidad, propiciada por el medio que nos vio crecer. Cuando él nació, sin embargo, hacía ya algunos meses que yo me encontraba lejos del pueblo y de las Islas.

Nuestro primer contacto, según me confesó, junto con otros chicos y chicas de su edad, tuvo lugar durante una estancia prolongada en el pueblo, en que tuve ocasión de enseñar a furrunguear la guitarra, con miras a preparar nuevos componentes para ser incorporados a la Agrupación Folclórica de San Andrés.

Torné a partir, en su día, y pasaron algunos años antes de mi regreso, hacia 1980. Encontré entonces que un grupo de jóvenes, entre ellos Orlando, redactaba una revista o periódico, titulado Paiva, donde él publicaba sus poemas. Dada mi forma de ser, un tanto retraída y de excesiva prudencia, no llegué a establecer contacto con ellos. Claro es que, pronto me puse en marcha, esta vez a Valencia; no se dieron las cosas cual esperaba y decidí ir a Madrid.

Con ayuda y esfuerzo pude publicar Los amantes, presentada en el cine de San Andrés, sede del Club Deportivo, con participación de grupos folclóricos y medio pueblo, además de las personas de fuera, que intervinieron, unas, y, asistieron al acto, otras. En fecha posterior hizo Orlando lo propio, con gran éxito y aclamación. A partir de ahí arrancó, sin cesar de escribir y publicar en activa sucesión.

Hacia 1984, encontrándome en San Andrés, pasó Orlando por casa para decirme de participar en Premios Ciudad de La Laguna. Él mismo se hizo cargo de llevar las obras, que decidí presentar, al departamento oportuno.

Las dificultades que atravesábamos en la capital de España forzaron el retorno de Carmen al Reino Unido, con el fin de salvarnos del naufragio económico. Al llegar el verano viajamos Anatolio y yo a Londres, donde nos reunimos con ella y estuvimos algunos años. De vacaciones en Canarias, hacia 1990, el chico quiso quedarse y disfrutar de la libertad propia del medio. Al cabo de unos meses, Carmen arrastró con los bártulos y llegó.

Orlando vino a verme. Me dijo que en el Hospital, donde él trabajaba, necesitaban personal que supiera idiomas. Concertó una entrevista con el entonces gerente, que me propuso la confección de una revista. Allí estuve, de contrato en contrato, hasta casi acabar el año. Como Orlando vivía en San Andrés, tuve ocasión de conocer a su mujer y su niña, además de muchos amigos de su entorno. Más de una vez me llevó en su coche a Santa Cruz y fuimos juntos a algún acto cultural en La Laguna. Al tiempo trasladó su residencia fuera de este ámbito; pero solía venir con frecuencia y siempre nos veíamos. Pasó también por el depósito de libros del Cabildo, donde yo trabajé; con él conocí a Tito Expósito, de Baile del Sol, donde intercedió a favor de la publicación de mi novela La espera. Luego, sus visitas al pueblo se hicieron más espaciadas y apenas coincidíamos.

Al llegar el año 2000 fui a reunirme con Carmen en Londres. Transcurrido el tiempo, de visita en Canarias, encontramos a Orlando, y, tras breve charla, observamos que se hallaba sumido en honda tribulación, convertida en cruz imposible de sobrellevar.

Hube de quedarme en Canarias el año pasado, tras mi enfermedad. Cuando Orlando supo lo ocurrido vino a casa enseguida, para darme ánimos, pesaroso de no haberse enterado a tiempo para subir a verme, puesto que yo fui, en su momento, a visitarlo alguna vez. Seguidamente sentenció: “Es mejor así, que no te he visto con tanto cable enchufado”.

La última vez que hablamos, creo que fue en casa, tomándose una copa. Después volví a Inglaterra, donde me enteré, por un escrito de Jesús Rodríguez Castellano, que estaba grave de verdad. Al llegar a San Andrés, le rogué a su hermana Inés: “Dile a Orlando que ahora me cuesta ir arriba”. Aunque nunca pensé que el desenlace tuviera tal inminencia.

Dicho esto, se puede comprobar que nuestras sendas convergen y divergen conforme se produce mi estancia en el pueblo, acentuada la distancia por haberse él domiciliado fuera de San Andrés.

He leído sus libros, dedicados con cariño, que siempre se mostró respetuoso y afectivo conmigo. Aun sin ser un estudioso de su obra, recuerdo haberle dicho que la lectura de sus poemas me remite a los poetas anglosajones, que con recato parecen contar algo en sus versos.

Hoy, lamentando infinito lo absoluto de su ausencia, con sinceridad deseo que su huella entre nosotros permanezca por siempre indeleble.

San Andrés, octubre de 2011