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Sin milagros > Alfonso González Jerez

   

Después de ceder a la gansada de dar botes ante la multitud arremolinada frente a la sede nacional del PP Mariano Rajoy se apresuró a decir lo que tenía pensado decir hace tiempo: “No esperen milagros”. E insistió: “No los hemos prometido”. A la hinchada le dio lo mismo, por supuesto. Aplaudían furibundamente felices porque su partido había ganado las elecciones. La alegría no se detiene en minucias. La decepción tampoco: el PSOE se pega el mayor batacazo electoral que registran los últimos treinta años. Los votantes del PSOE no se han quedado mayoritariamente en casa. El voto socialista se ha centrifugado a la derecha (el PP) y a las diversas opciones de izquierda. El PP de Mariano Rajoy concentra un depósito inmenso de poder político e institucional, pero no menor que su responsabilidad. Antes del verano se enfrentará a una inestabilidad social y a una respuesta sindical insólitas en un país que cree que ha votado un cambio y lo que se encontrará es una intensificación -más coherente, ordenada y sistemática- de los feroces recortes presupuestarios bajo un acoso implacable de los mercados y con un sistema financiero que se tambalea amenazadoramente.

El PSOE pierde en todas las provincias españolas, salvo en Barcelona y en Sevilla. No hay ni una sola comunidad autonómica que se salve del incendio que ha churrascado a Pérez Rubalcaba quien, asombrosamente, no parece dispuesto a renunciar a liderar el partido.

Uno no puede inventarse una salida socialdemócrata a la crisis económica internacional en tres meses, sobre todo, cuando ha pertenecido a un Gobierno que jamás practicó demasiado la socialdemocracia desde 2004 y que lleva año y medio negando su supuesta identidad político-ideológica con sus menesterosas decisiones. Si el PSOE se limita a la táctica Rajoy (esperar el desfile del cadáver de su enemigo destrozado por la interminable crisis estructural) está acabado durante una década.

Coalición Canaria ha sufrido un revés brutal. Una sangría de votos que han huido al PP. La culpa no es de la candidata Ana Oramas, sino de un partido que, particularmente en Tenerife, duerme hasta la putrefacción con el Gobierno autónomo como almohada. O reaccionan o no volverán a despertar. Y la almohada se la levantan. Ya verán.