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Quien piensa que África no da sorpresas positivas constantemente es que está mirando hacia Ganímedes, algo, por otra parte, muy habitual en nuestro Archipiélago. Esta semana nos hemos enterado de que el continente cercano registra la mayor tasa de penetración de telefonía móvil después solo de Asia, y que ha venido creciendo en los últimos años con una rapidez inusitada, en cifras que rondan el 20% anual, de tal forma que para 2012 serán 735 millones de personas -nada menos que el 73,5% de la población total- los que utilizarán la tecnología más extendida en el mundo.

Un informe de un importante grupo industrial multinacional señala que los africanos utilizan estos dispositivos sobre todo para operaciones bancarias (sic) y mensajería instantánea, aunque también para aplicaciones de radio, vídeo e información general, circunstancia que, teniendo en cuenta los parámetros de paro y pobreza que suelen otorgárseles a los 54 estados de ahí al lado, sorprende por su contundente lectura de desarrollo y capacidad de adaptación a la modernidad de unas capas sociales situadas entre las grandes necesitadas del planeta.

Cabe preguntarse entonces de dónde sacan los africanos ese poder adquisitivo mínimo para sumarse a una revolución tecnológica que inunda las economías más avanzadas, además de cuáles son las razones para que unas comunidades que no suelen tener acceso a servicios básicos de subsistencia sí reúnan, sin embargo, lo suficiente como para hacerse con una terminal personal y que la utilicen con asiduidad y hasta con pasión, tal es la vocación de comunicación de las civilizaciones vecinas. Lo digo con mi mente puesta en esas imágenes sorprendentes de pastores y campesinos en medio de la nada con uno de esos ingenios en la mano.

Además, el estudio explica que la industria móvil en el continente contribuye con 41 millones de euros a las economías regionales y que genera unos 5,5 millones de empleos locales directos, mientras que el Banco Africano de Desarrollo estima que un aumento del 10% en el número de usuarios conlleva un crecimiento del 1,5% del PIB local, aparte del efecto de calidad que llega a las transacciones habituales de todo tipo de productores, generalmente del sector primario, que pueden conocer en tiempo real las cotizaciones de las mercancías que venden.

Lo que está claro es que las cosas no evolucionan como antes de la irrupción de las redes tecnológicas y que grandes regiones del mundo pueden recorrer el camino de decenios de progreso que atravesó Occidente en unos pocos años, como ha ocurrido con los asiáticos, lo que nos puede llevar a derivar de soslayo en que más valdría que estuviéramos atentos a las novedades que, con toda seguridad, van a producirse en el continente cercano pronto y dejáramos de desojar esa margarita virtual, con la que nuestros políticos dan un “pasito palante y otro patrás”, para afrontar decididamente un porvenir que puede evaporarse también en un lapso de tiempo corto, muy corto, si dejamos pasar esta oportunidad histórica, y nada filosófica.

En última instancia, sí que me gustaría romper una lanza por la orientación de esas políticas necesarias de una de las corporaciones locales de Canarias, como es el Cabildo tinerfeño, que con la iniciativa Alix, o punto principal de una red global de telecomunicaciones, puede constituir una apuesta muy útil para avanzar en esa aspiración, hasta la fecha muy ilusoria, denominada plataforma tricontinental.