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ELECCIONES 20-N > la voz de la calle

Un hogar con el suelo como techo

   

Colchonetas y pertenencias de indigentes en las inmediaciones del pabellón deportivo Pancho Camurria, en Santa Cruz. / SERGIO MÉNDEZ

DOMINGO NEGRÍN MORENO | Santa Cruz de Tenerife

La voz de la calle está afónica de tanto grito sin eco. Los indigentes ni quiera saben en qué colegio electoral les corresponde votar el domingo. No les ha llegado la tarjeta censal. No importa. Eso es lo que menos le preocupa a un ser humano con las esperanzas calcinadas por las llamas de la indiferencia.

Cáritas Diocesana cifra en alrededor de 500 el número de personas que viven a la intemperie en el municipio de Santa Cruz de Tenerife.

Con Carlos, son ya seis los sin techo fallecidos en la capital durante 2011. El Catalán murió achicharrado en una chabola próxima al pabellón deportivo Pancho Camurria. El penúltimo fue sacado del albergue con tuberculosis y pereció en el hospital a la semana siguiente.

A raíz de estas desgraciadas circunstancias se creó la Plataforma por la Dignidad de las Personas Sin Hogar.

“Hemos comprobado que muchos no quieren ir al albergue porque no son bien atendidos”, declaró Tomás a este periódico durante un recorrido por la zona cero de los desamparados.

Los objetivos del colectivo son: “Sacar a la luz la realidad de las personas sin hogar, denunciar, definir acciones y proyectos, mejorar el estilo de vida, reivindicar una atención adecuada, sensibilizar y concienciar a la sociedad sobre un grandísimo problema del que nadie está exento de padecer teniendo en cuenta los tiempos que corren”.

En la conversación lo acompañaba Rosi, una mujer incansable que lleva quince años luchando por la causa. “En este tiempo, he sufrido la tragedia con ellos”, testimonió. De sus palabras se deduce que ella alberga no pocas dudas sobre el funcionamiento del albergue municipal. “Los que no tengan cama esperan hasta las doce de la noche, lloviendo o como sea. La cola se forma desde las ocho, al terminar la cena”.

Rosi no podía contener la ira cuando hablaba del “trato vejatorio” en el centro. No obstante, agradeció a la Policía Local “que viniera dos noches” en respuesta a la denuncia sobre el “lamentable” estado en el que se encontraba un chico con epilepsia. “Tiene la medicación en la consigna y si la saca ya no se la dejan meter. Lo han echado por beber alcohol. Fuimos allí, pedimos mantas, la policía levantó un parte y se lo llevaron a comisaría para tomarle notas. El jefe de guardia se portó del diez, pero la UMA [Unidad Móvil de Acercamiento, de los Servicios Sociales del Ayuntamiento] no apareció. Luego acudimos al albergue para que nos dieran una manta y nos la negaron, porque decían que estaban al límite”.

Anónimo es el pseudónimo de un histórico menesteroso que prefiere ocultar su identidad por temor a que se repitan las “represalias por un reportaje”.

Ha regresado al albergue después de cinco años. Volvió a la Isla el 18 de agosto. Pernoctó cuatro días consecutivos en las colchonetas de los pasillos. Previamente, durmió tres noches debajo de un puente. “Conseguí una habitación porque soy viejo [sesenta años] y cojo”, contó Anónimo sin señales de rencor en su semblante. Ahora comparte hospedaje con otros 95 internos.

En la rambla de Benito Pérez Armas, Anónimo enseñó al periodista sus heridos pies, hinchados y ulcerosos. “La asistente de la UMA me dijo muy claro: ‘Mira, yo no puedo limpiarte ni ponerte Betadine con una jeringuilla. Con estos guantes tengo que ver a todos los enfermos’. Como ando mucho, me corre la sangre. Yo mismo me pongo unas gasas y voy a Los Gladiolos. El viernes me recibirá el cirujano”.

Este hombre reconoce que las cosas han cambiado algo. “Por lo menos, ya nadie se acuesta directamente sobre el somier. Hoy, hay colchones, sábanas, mantas y una almohada en todas las habitaciones”.

Aunque el comedor social de la calle de la Noria, regentado por las Hijas de la Caridad, es de una calidad “tres veces superior”, la comida del albergue es “bastante aceptable”. De lo que más se quejan es del puré. “Estamos hartos”, farfulló Anónimo.

Para continuar en la residencia, le exigen papeles de la Seguridad Social, del paro y del banco. Sin embargo, su única cuenta corriente está donde se sienta.