X
Opinión >

Una televisión para un país > Guillermo García-Machiñena

   

Los acontecimientos de El Hierro han llevado a la radio televisión pública canaria a escribir una de las mejores páginas de su joven y reciente historia como ejemplo de cuál es el verdadero cometido de un medio público como el que tengo el honor de dirigir. Una labor hecha desde el compromiso y la vocación de decenas de profesionales que han sacado lo mejor de ellos, un amplísimo despliegue de medios técnicos y humanos a disposición de una población que necesita saber qué está pasando en cada momento, tener todos los datos y desde todos los puntos de vista. Ésta es la verdadera labor de un servicio público. La información es un bien necesario y más aún aquí, donde son muchas las barreras a superar. Hemos estado donde debíamos estar y los espectaculares datos de audiencia así lo han confirmado y, aunque algunos sectores interesados se esfuerzan en difundir cifras y magnitudes no siempre exactas sobre nuestro trabajo y nuestros resultados, es justo explicar cómo y por qué hemos llegado a los índices de audiencia que tenemos en la actualidad, mostrar cómo y por qué hemos convertido la radio y televisión canaria en referente informativo y dar a conocer cómo y por qué hemos apostado por un modelo de servicio público.

La radio televisión pública canaria es la más barata del Estado español, sus cuentas siempre han estado saneadas y hasta este ejercicio no acumula ningún tipo de déficit. Aun así, el Gobierno canario se ha visto obligado a recortar progresivamente su aportación llegando a una rebaja del 50%, mientras que el mercado publicitario ha ido cayendo año tras año. La Radio Televisión Canaria, como el resto de autonómicas, se financia por la vía de la aportación del Gobierno canario y por la de los ingresos comerciales provenientes de la publicidad, tal y como estipula la ley de creación aprobada en su día por el Parlamento.

El escenario de crisis ha marcado notablemente nuestra gestión y ha afectado directamente a estas dos líneas de financiación, la pública y la comercial. Por eso, cada vez hemos dispuesto de menos presupuesto aunque nuestros objetivos han sido más ambiciosos. Un reto que hemos afrontado desde el esfuerzo colectivo de un sector que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos sin renunciar a la calidad de los contenidos, al rigor profesional, a la apuesta tecnológica y al compromiso con un modelo de radio y televisión con verdadera vocación de servicio público. Durante estos últimos cuatro años, hemos revisado los contratos con las productoras que colaboran con el ente; hemos reducido los sueldos de directivos y trabajadores, y hemos analizado decenas de partidas del gasto corriente. En definitiva, hemos sacrificado lo prescindible por lo esencial para garantizar un servicio de calidad. Aún así, ésta ha sido la etapa donde ha habido mayor inversión económica por parte de la industria audiovisual televisiva, donde más puestos de trabajo se han creado y la etapa donde se han conseguido los mayores índices de audiencia.

A pesar de ello, es común en toda empresa pública, sobre todo si es un medio de comunicación y más aún a las puertas de una convocatoria electoral, ocupar el centro de la diana. También es normal y necesario, me atrevo a decir, que se exijan y establezcan todos y cuantos sistemas de control democráticos sean útiles para garantizar la pluralidad y la buena gestión del ente público y, aunque bien es cierto que el actual escenario económico nos lleva a cuestionar cada uno de los servicios que presta la Administración, no podemos olvidar que la gestión de lo público no se rige solo por criterios económicos, sino también por el interés general. Esa es la clave. No sirve bajo la excusa de la crisis económica proponer ahora determinadas decisiones letales para nuestros medios públicos porque en el fondo lo único que hay son los intereses ocultos de determinados grupos de presión, operadores privados de nuestra competencia o razones políticas de quienes se identifican más con España que con el país canario.

Cuestionar la radio y televisión pública canaria es como cuestionar nuestra identidad como pueblo y ese es un extremo que no debemos consentir. Su justificación no está en los informes o los datos que pueda poner sobre la mesa, que los hay, su defensa a ultranza solo puede hacerse desde la emoción, desde el corazón y con los sentimientos por un país, el canario. Solo la radio y televisión canaria son capaces de situar la realidad del Archipiélago en el centro informativo, de volcarse con su pueblo, sus fiestas, su deporte, cultura, realidad social y económica, y ser al mismo tiempo el verdadero motor de la incipiente e interesante industria audiovisual, erigirse como elemento cohesionador y actuar, en definitiva, como un espejo en el que observarnos diariamente. La virgen del Pino, la virgen de Candelaria, la lucha canaria, el CD Tenerife, la UD Las Palmas, la UD Vecindario, el Granca de baloncesto, los Carnavales, las romerías…Esas son nuestras credenciales, las de una televisión de servicio, que poco se asemejan a los contenidos de otras que hurgan en la audiencia sacrificando la calidad, buceando en la privacidad de las personas y en las que todo vale.

Aseguremos un presupuesto que garantice la viabilidad de una televisión de calidad y de la que nos sintamos orgullosos. Mantengamos vivo, si cabe, el debate constante de cómo deben ser nuestros medios públicos, hablemos de su gestión, de sus profesionales, pero apartemos el debate sobre si debe existir o no, de la misma manera que nadie se atreve a cuestionar servicios tan esenciales como la sanidad o la educación. Trabajemos pues con responsabilidad y compromiso para hacer cada día unos medios de comunicación más eficientes, sigamos aplicando criterios de austeridad, avancemos hacia la sociedad de la información, con rigor y profesionalidad, sin renunciar a la competencia pero sin dejar de ser competentes.

Hagámoslo entre todos. Ésta es una tarea que no podemos hacer solos. Necesitamos la implicación y el compromiso del sector audiovisual sin excepciones, de los medios de comunicación, de los periodistas, de toda la clase política al completo, de los empresarios y de las personas y colectivos que diariamente observan y dan a conocer su actividad a través de la televisión, así como de los sindicatos que ahora deben valorar no solo unas condiciones laborales dignas sino reivindicar la propia supervivencia de los puestos de trabajo.

Es un esfuerzo colectivo que tenemos que hacer desde el respeto, la tolerancia y la excelencia. Una labor que debe servir para elevar nuestra autoestima como pueblo. El futuro es complicado, lo sé, pero mayores son las ganas que tenemos por superar todas las dificultades. No debemos esperar más, ahora es el momento. El momento de pensar en una televisión para un país.

*Director general del ente público Radio Televisión Canaria