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Vamos a contar mentiras > Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Las críticas al debate electoral del pasado lunes han sido unánimes por parte de todas las fuerzas políticas, excepto lógicamente las dos protagonistas. El resto de las formaciones se queja de su exclusión, y del diseño bipartidista y presidencialista de estos enfrentamientos televisivos. No les falta algo de razón en términos generales, pero es preciso aceptar que tales enfrentamientos se limitan a reconocer la realidad evidente de que solo los dos candidatos implicados tienen la posibilidad de convertirse en el próximo presidente del Gobierno español. La culpa es, por supuesto, del sistema electoral. Ya hemos aclarado otras veces que ningún sistema electoral es inocente, que cualquiera de ellos comporta efectos políticos y distorsiones en la representación, y el sistema que utilizamos en las elecciones al Congreso de los Diputados no es una excepción. Los canarios sabemos muchísimo de eso cuando celebramos elecciones a nuestro Parlamento.

Es el español un sistema electoral con un diseño formalmente proporcional pero con rendimientos decididamente mayoritarios. En otras palabras, cada escaño de Izquierda Unida o de Unión, Progreso y Democracia, por citar dos ejemplos, cuesta mucho más votos que un escaño socialista o popular. Y muchos votos a estos pequeños partidos simplemente se pierden porque no se traducen en escaño alguno. Es decir, estos partidos, al final, alcanzan menos escaños que los que un sistema de reparto proporcional les concedería. El caso de los partidos nacionalistas es justamente el contrario: el sistema electoral les concede una prima de sobrerrepresentación y obtienen más escaños que los proporcionales. Sin embargo, como, por principio, renuncian a presentarse fuera de sus territorios, no pueden alcanzar nunca la mayoría suficiente para gobernar en todo el país y se dedican a jugar a lo que siempre juegan: a coquetear con los dos grandes partidos nacionales, con el que gobierna y con el que está en la oposición. Así, pactan en su territorio con uno y apoyan en Madrid al otro, los enfrentan entre sí, y nunca los apoyan ni los atacan del todo, sino en función de la coyuntura. En Canarias también sabemos muchísimo de eso.

Los partidos nacionalistas, además y como era de esperar, han coincidido en sus críticas victimistas a los dos partidos protagonistas del debate. Un partido nacionalista que reconociera que el poder central o que un partido nacional trata bien a su territorio, que dejara de reclamar, de pedir o de denunciar supuestos agravios y olvidos, dejaría de tener sentido y tendería a desaparecer. Porque un partido nacionalista solo puede vertebrarse en torno a un maligno enemigo exterior que justifica su existencia.
En cuanto al contenido del debate, son unánimes las críticas respecto a su indefinición, a que los candidatos rehuyeron o no se pronunciaron con claridad sobre los grandes temas del futuro de España como Estado y su organización autonómica; de las finanzas de las Comunidades Autónomas y su imprescindible control; de la corrupción política (que está afectando gravemente nada menos que al portavoz del Gobierno saliente); de la inevitable subida de impuestos; o de la imposición lingüística educativa catalana y el incumplimiento de una sentencia del Tribunal Supremo. En otros temas, Rajoy aventuró tímidamente una referencia a las uniones permanentes que sustituyen al matrimonio homosexual en países como Alemania, Francia y el Reino Unido, y poco más. Y la sanidad y la educación están transferidas a las Comunidades Autónomas y no dan mucho de sí.

Este clima de indefinición y poco compromiso, de guión anodino y preestablecido, es común a este tipo de debates y se produce en otros países. Pero en este caso era todavía más de esperar en función de las dispares expectativas electorales de ambos candidatos a tenor de las encuestas. El candidato popular salió a empatar el partido y verlas venir, una actitud que es habitual en él y en la que se encuentra cómodo. En general, la opinión pública parece que le ha concedido la victoria en el debate. Pérez Rubalcaba, a su vez, no está luchando por La Moncloa sino por Ferraz, y eso explica que casi no hiciera propuestas concretas y que cuando hizo alguna fuera disparatada, como lo de pedir una moratoria de dos años a la Unión Europea para el cumplimiento de los objetivos de déficit público. Hasta Elena Salgado, la vicepresidenta económica, lo ha desautorizado y ha puntualizado que esa no es en absoluto la posición de Gobierno, que no considera procedente la solicitud de dicha moratoria.

El candidato socialista arrastra el hándicap de que a cualquier cosa que proponga se le puede contestar que por qué no lo hizo o lo propuso cuando estaba en el Gobierno. No obstante, su aparente concesión de la victoria a Rajoy fue engañosa. Su actitud de tratarlo como el futuro presidente del Gobierno, y convertir el debate en una especie de sesión de investidura adelantada o en una entrevista televisiva al ganador estuvo perfectamente calculada y preparada. No fue un error, sino todo lo contrario. Al igual que los resultados aplastantes de la última encuesta electoral publicada por el CIS, es una estrategia orientada a movilizar a los socialistas abstencionistas, a los indecisos, a los distintos grupos de Izquierda Unida, a los radicales callejeros del 15-M y a la progresía de estricta observancia. Es una estrategia que pretende decirles que la victoria popular es un hecho, y que la única forma de evitarlo es ir a votarle a él, aunque lo consideren demasiado moderado o poco izquierdista, porque él es el mal menor. Y harían bien los populares en no confiarse: las actuales distancias en la intención de voto pueden acortarse espectacularmente.

Esta estrategia se apoya en una complementaria, que Pérez Rubalcaba usó profusamente en el debate: la atribución de intenciones; el dar por sentado que Rajoy no dice lo que piensa; que lo que haría si alcanzara el poder no es lo que reconoce o figura en su Programa electoral; y que sus auténticas intenciones son inconfesables por lesivas para los más desfavorecidos. “Si cuenta lo que tiene en la cabeza no le votarían ni los suyos”. Y es una estrategia que funciona en determinados sectores sociales.

“Y ahora es usted el que miente”, fue la frase -lapsus- de la noche y casi el único error de Rubalcaba. Pero pasó casi desapercibido. En este país no es noticia que un político no se ciña a la verdad, para decirlo suavemente.