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Adiós a 2011 > Leopoldo Fernández

   

Dice el refranero que donde no hubo despedida no hay bienvenida, así que ahora que termina el año es el momento del adiós a 2011, de olvidar un periodo penoso, triste, de retroceso en los niveles de progreso y bienestar. Lo malo es que, tras abandonar un tiempo cumplido, va a nacer otro al que no podemos recibir con júbilo ni agrado. Entre otras cosas, porque el panorama que presenta es desolador, para echarse a temblar. Desde el Gobierno, desde las instancias comunitarias y desde esa especie de mundo virtual y castigador que son los mercados, nos reclaman esfuerzos, abnegaciones y sacrificios sin cuento; como es lógico, más a aquellos con mejor posición económica. En general, hasta hace tres o cuatro años, nos sentíamos poderosos y ricos porque podíamos disponer con relativa facilidad, sobre todo quienes tenían trabajo y poder adquisitivo, de bienes materiales a troche y moche. Así fue como olvidamos austeridades y prudencias, valores y referentes, y caímos en manos de ese poderoso caballero quevediano, sin advertir que en las etapas de bonanza y prosperidad conviene ahorrar como hormigas para no purgar como cigarras los excesos en que caemos con el curso favorable de las cosas. Por eso vamos sin remedio hacia horizontes de cambios y recortes, de mortificaciones y renuncias. El IRPF y el IBI van a crecer al menos durante dos años. Prosiguen las congelaciones salariales y las pensiones suben un modestísimo 1%, mientras esperan nuevos recortes a la vuelta de la esquina, si no queremos que el país se vaya al garete. Porque no cuadran las cuentas y resulta que tenemos más déficit público del previsto, y más deuda, tanto soberana como privada. Como escribía Pérez Galdós, un sacrificio no es estéril si se hace en nombre de una buena idea, y esa idea en este caso es salvar a España de la ruina, del estado de postración económica, de su gravísimo desempleo y empobrecimiento, el mismo al que le han llevado una clase política despilfarradora e irresponsable y una ciudadanía que no ha pensado en contingencias sobrevenidas o en crisis que arrasan con largos periodos de bonanza y bienestar. Se va 2011 y, mal que nos pese, entramos en un 2012 aún peor ya que, como afirma un aforismo turco, ese preciso sacrificar la barba para salvar la cabeza. Por encima de declaraciones y acusaciones oportunistas contra unas medidas de recortes, ajustes y penalidades imprescindibles -y a las que habrá que añadir otras para impulsar la actividad económica-, nos quedan la fe, la solidaridad y la confianza como acompañantes para esta coyuntura. Me pregunto si tendrá mucho que hacer y decir al respecto, que no sea mera palabrería, el Gobierno de Canarias.