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Adiós de Zapatero > Salvador García Llanos

   

Finaliza José Luis Rodríguez Zapatero su etapa en la presidencia del Gobierno. Sus feroces y despiadados críticos seguirán teniéndole durante un tiempo como argumento de referencia cada vez que su sucesor o el nuevo Gobierno tropiecen o se enreden en problemas derivados de sus propias decisiones. La propensión al pensamiento mediático único solo se verá salpicada, de vez en cuando, por alguna viñeta o grafiti: “Contra Zapatero escribíamos mejor”.

El presente del relevo y de la alternancia política es un llamativo y paradójico caleidoscopio en el que Rodríguez Zapatero estrena la condición de ex -lo hace con toda dignidad- en tanto algunos dirigentes del Partido Popular le respetan y hasta le ponderan en cuanto no han faltado voces y editoriales que, en cierto tono revanchista, urgían la salida de la secretaría general del partido. Lo primero demuestra que no era tan malo como las tareas de oposición exigen que se proyecte; y lo segundo, que las supuestas afinidades y simpatías entrañan una fragilidad cuyos pliegues quiebran porque la competencia a la que tanto se apela en los modelos de libre economía de mercado llega un momento que disgustan.

Aún falta, evidentemente, sentido de perspectiva pero es probable que el tiempo sitúe al presidente saliente en posiciones que favorezcan una interpretación más benigna de su obra. Ver salir estos días al último soldado norteamericano de Irak y recordar el primer discurso de Rodrígez Zapatero anunciando la retirada de las tropas españolas invita a una reflexión sobre las decisiones de calado que se toman anticipándose al tiempo. Es probable que, para entonces, entendamos mejor al político que antepuso los intereses generales de su país a las propias convicciones y a los postulados ideológicos cuando las circunstancias obligaban a hacer justamente eso. Se trataba de escapar al rescate en plena desbocada vorágine de los mercados y aquellas medidas de urgencia no respaldadas en el foro representativo de la soberanía popular -otros lo solucionaron con tecnócratas- iban en la dirección adecuada como resaltaron allende nuestras fronteras. Fue amargo, era echarse a la gente encima pero eso es lo que acrecienta la talla del estadista, aunque no sea brillante, aunque le falte densidad política. Y para entonces, valoraremos como realmente hay que hacerlo a quien impulsó reformas sociales y derechos cíviles como muy pocos hicieron o intentaron promover. Y cuya tenacidad, bien secundada desde el propio aparato gubernamental, permitió que callaran las bombas y las pistolas, con el valor añadido de la socialización de los méritos y las ganancias. Ese empeño, residenciado en la transformación radical de la radiotelevisión pública, cuyo pluralismo y cuyos niveles de competitividad no eran conocidos hasta ahora, es otro de los logros en el haber político presidencial. Por supuesto, en el pasivo hay muchas cosas anotadas porque las imperfecciones caracterizan toda obra de gobierno. Pero sobre ellas ya se ha dicho y escrito bastante.

Quienes se burlaron del talante, habrán contrastado la coherencia: Rodríguez Zapatero soportó estoicamente críticas inmisericordes, por todas las vías posibles, hasta la mofa y befa y el insulto personal extensibles a su propia familia. Lo que más duele posiblemente a quienes le han juzgado con tanta severidad, especialmente desde el derecho mediático, es que esa cualidad era cierta. Esa y la honestidad, con lo que no es de extrañar que las reprobaciones hayan germinado en otros terrenos.
En el adiós de Zapatero, hay luces, puede que poco visibles ahora; pero que se retroalimentan y entonces, cuando haya ocasión de comparar, comprenderemos su valor.